Estadistas y demógrafos llevan décadas alertando sobre cómo la sobrepoblación mundial ha puesto en jaque los recursos del planeta. Pese a ello, la evidencia apunta a que el verdadero hito que reconfigurará las estructuras económicas y sociales del siglo XXI no será la temida bomba demográfica, sino, más bien, el colapso.
A pesar de que el 15 de noviembre de 2022 la ONU anunció que el ser humano ocho mil millones había nacido en República Dominicana, la realidad es que la población mundial está creciendo a su ritmo más lento. Tan lento que, dentro de veinticinco años, según recoge un estudio sobre población publicado en la revista The Lancet de mayo de 2024, el 76 % de los países tendrá tasas de fertilidad tan bajas que serán incapaces de asegurar la sostenibilidad de sus poblaciones.
Si bien los beneficios que traerá el decrecimiento —más espacio, menos contaminación, menos hambrunas, más puestos de trabajo, vivienda más barata— son innegables, habrá menos contribuyentes para sostener los sistemas de pensiones y de salud pública. Con una población cada vez más reducida y envejecida, las economías se volverán, a la fuerza, más impositivas; habrá menos consumo, menos innovación y una considerable pérdida de la energía creativa ligada a los jóvenes.
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