Pronunciarla resulta complejo y hasta poco amable, pero la tanatopraxia es el arte silencioso de rescatar de la muerte la belleza efímera de lo que fue la vida.
La muerte irrumpe sin avisar. No hay hora para su llegada. Esto lo sabe bien Luis Cristóbal Galarza, forense diseccionador de la morgue de Machachi, quien se dedica a esta actividad desde hace tres décadas.
También es el dueño de la Funeraria Mejía, donde brinda servicios exequiales. Y, en los últimos doce, con su hijo Marco cumplen la tarea de embellecer a los muertos: que su rostro y manos se vean naturales al maquillarles o al restaurar su cuerpo. En resumen, es un tanatopractor.
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