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La historia de cómo Suiza convirtió el oficio de las armas en el símbolo más ingenioso de su identidad.
En los pequeños desencantos de la vida cotidiana, algo que necesitamos abrir no se abre, algo que debemos sacar se queda trabado, algo que debe estar atornillado se suelta. Las manos no bastan para dar solución, pero, a veces, alguien tiene una navaja suiza. La saca, despliega entre sus dedos las pequeñas herramientas hasta dar con la precisa y disimula el aire MacGyveresco de quien sabe que, si algo sale mal, siempre puede resolverlo.


Banderas y escudos simbolizan al Estado nación, pero Suiza ha logrado transformar sus cosas de todos los días en símbolos inconfundibles. La vaca gorda y feliz con su cencerro delator, el queso gruyer (que no tiene huecos), el chocolate —o más bien dicho, su versión de él—, el caquelon del fondue, los relojes y, claro, la navaja. Esta herramienta encarna la larga tradición alpina de la herrería, la precisión, el orden y la capacidad de dar solución a eso que parece no tenerlo.
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