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Entre la negación, el silencio y la búsqueda de consuelo, personas que conocen bien el final de la vida radiografían nuestro comportamiento ante ese momento. Sostienen que debemos hablar sobre esta verdad ineludible.
por Pablo Lafuente Cordero
No estamos preparados para la muerte. Ni para la propia ni para la ajena. Probablemente por desconocimiento de lo que viene después o por estar excesivamente acostumbrados a historias de muerte revestidas de ficción que vemos, leemos, oímos y, en general, consumimos, tratando de dejar a un lado el que algún día nosotros seremos los protagonistas. Estos relatos no suelen tener demasiado que ver con la sencilla complejidad de, simplemente, dejar de vivir. La realidad indiscutible es que la muerte es parte de la vida. La última, sí, pero parte al fin y al cabo. Y que hablar de ella no debería ser un tabú. “Solo hay dos días con menos de veinticuatro horas en nuestra vida, que esperan como dos paréntesis abiertos que cierran nuestra existencia: uno de ellos lo celebramos cada año, aunque es el otro el que hace que atesoremos la vida”. Así lo relata la doctora estadounidense especialista en cuidados paliativos Kathryn Mannix en su libro Cuando el final se acerca.
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