Los monstruos nos permiten entender cómo son las sociedades de distintas épocas han conceptualizado el miedo, la otredad y el caos. Es, además, un recordatorio constante de que, por muy evasivos que parezcan, siempre vuelven cargados de un conocimiento profundo sobre quiénes somos.
Los monstruos son hijos de la contradicción humana: nos repugnan y nos fascinan a la vez, expresan un miedo y un anhelo, y se revelan al mismo tiempo como un desahogo y una contención. En los monstruos descubrimos las fronteras de nuestra identidad y, por esta razón, como afirma Héctor Santiesteban Oliva en su Tratado sobre monstruos, existe una vocación humana ingénita en su búsqueda: los encontramos, los reencontramos y, si no salen a nuestro encuentro, los creamos y los liberamos.
El monstruo es, ante todo, un fenómeno antropológico. Sirve para explicar la naturaleza humana y sus fisuras o, al menos, una parte de ellas, tanto que, en nuestra sociedad actual tan desacralizada y pretensiosamente avanzada, el mito del monstruo permanece imperturbable, como una narración defensiva eficaz para afrontar los miedos.
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