El miedo a volar es más común de lo que se piensa, tiene orígenes culturales, pero también plantea un viaje hacia la historia personal y la forma en que se aprendió a vivir el miedo.
Empecemos por el final. El tren de aterrizaje de un avión toca tierra y, al instante, el sufrimiento termina para quienes temen ir por los aires. Reconocen que las horas sumidas en intranquilidad fueron inútiles porque la estadística y la información así lo confirman: volar sigue siendo el medio de transporte más seguro del mundo. Según las estimaciones globales de riesgo de muerte por incidente aéreo de 2022, habría que tomar un vuelo todos los días, durante 25 214 años, para tener un accidente mortal. Así las cosas, el miedo a los aviones es irracional, pero calificarlo de ese modo no basta para encontrar la calma.
Aunque cinco mil aviones surcan el cielo cada hora, despegar sigue siendo algo extraordinario: en menos de un minuto, unas doscientas toneladas de titanio, acero, aluminio y otros compuestos se elevan en el aire para alcanzar los diez mil metros de altura, replicando el principio que permite volar a los pájaros. Pero más allá de esta impresión, en lo particular e íntimo, cada temeroso tiene sus razones para inventar una ficción elaborada sobre una muerte trágica y sus titulares del día siguiente.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído


