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Favores, “saberes” y microoficios que no figuran en las estadísticas, pero mantienen en pie a comunidades migrantes.
A las seis de la mañana, cuando la ciudad de Nueva York todavía bosteza, alguien ya está resolviendo la vida de otro. Una llamada de WhatsApp basta: “¿Conoces a alguien que cuide niños hoy? Me acaban de llamar del trabajo”, “¿Quién puede llevarme al aeropuerto?”, “¿Quién sabe llenar este formulario?”. Así comienza la economía invisible de la diáspora ecuatoriana y latinoamericana en Estados Unidos. Se trata de una red de microoficios, favores y trabajos informales que no aparecen en los censos pero sostienen hogares.
María Elena, ecuatoriana de 54 años, vive en Queens desde hace dos décadas. Su trabajo queda fuera de los registros oficiales como cuidadora certificada. Sin embargo, en su cuaderno de tapa verde anota nombres, direcciones y horarios. Se queda con niños cuando los padres trabajan turnos nocturnos, acompaña a adultos mayores a citas médicas. Cobra cuando puede. A veces le pagan con comida, otras veces con favores que luego regresan. “Aquí nadie se salva solo”, dice.
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