A nuestro mundo no le importa con quién nos metemos en la cama pero sí le importa a qué hora salimos de ella. En esta columna de opinión, Ignacio Peyró explica su postura frente al famoso "A quien madruga, Dios le ayuda".
Decimos que las cosas importantes suceden en torno a una mesa pero en realidad tienden a pasar sobre una cama: al fin y al cabo, comemos durante una hora al día, pero un tercio de la vida la pasamos acostados. En la cama nacemos y morimos, sufrimos la enfermedad y desciframos el placer, nos tumbamos para descansar y —aún más dulce— para vaguear un poco.
De niños nos leen para dormirnos y de adolescentes dejamos de dormir con tal de seguir leyendo un rato más. En la cama arropamos a nuestros hijos como nos arroparon nuestros padres y en la cama, imagen de la vida, descubrimos unos terrores nocturnos y unos sueños pletóricos que después ni la propia vida tiene. En la cama examinamos el día pasado y meditamos en el día por venir: el lucubrum, la vela que se llevaban al lecho los romanos, alumbró nuestro “elucubrar”.
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