Trumpistas, libertarios, neoliberales, hispanistas, cristianos… la familia de familias es grande. Juntos pero no tan revueltos, los neoconservadores abrazan la irreverencia y la incorrección, y juran arrasar con “zurdos, wokes y tibios”. Si hace menos de veinte años apenas había quien se identificaba como de derecha, hoy son una avalancha.
Están inconformes y son cada vez más políticamente incorrectos. Son jóvenes y se cansaron del orden establecido. No piensan quedarse con los brazos cruzados y, menos aún, en silencio. Creen que el mundo en el que les ha tocado vivir, en pleno siglo XXI, es siniestro y desordenado. La democracia se ha vuelto un obsceno escenario de transas y reparto de favores. Ya no es una prioridad ni un ideal. Las élites se han corrompido y los grandes discursos del siglo pasado —como la diversidad, la equidad o la inclusión— pervirtieron su contenido. Quieren un cambio y lo quieren ya. Para ellos recuperar el “sentido común” —como decir que los hombres son hombres y las mujeres son mujeres— es urgente. Se necesita una revolución y esta vez viene desde la derecha. El statu quo impuesto por la izquierda tiene que caer.
Están hartos de fingir empatía o autocensurarse frente a los discursos que comienzan con un “Buenos días a todas, todos y todes”. Ni qué decir cuando alguien defiende “la autonomía de las cuerpas” o el orgullo latinx. Tampoco tienen compasión con el indigenismo y ven con repulsión a los ambientalistas. Admiran los liderazgos autoritarios y reinterpretan la historia: ni la Alemania nazi debe ser censurada ni Eloy Alfaro tiene por qué ser mejor que García Moreno. Sospechan de la “agenda progre” de la prensa, de las Naciones Unidas y de los derechos humanos.
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