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Mundo Diners al día

La identidad humana siempre fue un poco animal

por The Conversation

Identidad
Imagen referencial sobre los therians. Shutterstock
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

En tiempos más arcaicos y en culturas animistas se creía en la igualdad espiritual entre bestias, plantas, hombres y cualquier otra manifestación de la naturaleza. Solo así se entiende que la identidad humana ha permanecido cercana a la animalidad.

Por eso, lo de los therians no es tan nuevo. Nos recuerda a Mowgli, el niño lobezno de El libro de la selva, o a Tarzán, el hombre mono. Esta idea persistió en el mito de los licántropos u hombres lobos. Más que seres malignos, estos fungían como guardianes de los bosques.

Mito y envidia del animal

El movimiento therian es una reminiscencia de esa ancestral conexión con lo salvaje, mezclada con algo de la envidia que ha sentido el hombre por el animal.

Lo vemos en el mito de Epimeteo, el titán que, por encomienda de Zeus, repartió todos los dones a los animales de la creación. El último en la fila, el hombre, no recibió nada. Ni garras afiladas, ni alas, ni colmillos. Un ser indefenso al que rescata otro titán, Prometeo, con el fuego y la razón robados a los dioses.

Esta envida ancestral es superada gracias al imperio de la fe cristiana y sus dos caras. Por un lado, la teocéntrica: Dios, el dispensador de vida, el referente y dador de sentido. Y, por otro, la antropocéntrica, con el hombre Dios encarnado en el Cristo Jesús.

Antes de los therians fue el carnaval

Como dato curioso, cabe recordar que en el Medievo existían precedentes de therians, con permisos acotados para ejercer su vinculación con las bestias. Con la máscara de la bestia que mejor simbolizaba su proclividad pecadora, desfilaban en el carnaval hombres y mujeres disfrazados de cabras lujuriosas, cerdos glotones o urracas chismosas. Se puede consultar el capítulo sobre el significado de las fiestas carnavalescas del libro Símbolos fundamentales de las ciencias sagradas, de René Guénon.

Tuvo que morir Dios, por el imperio de la razón, la ciencia y la tecnología, para que el ser humano, ahora hijo de “natura” y esculpido por la evolución, fuera plenamente libre. Libre moral y ontológicamente. Libre de todo esencialismo creacionista, dispuesto a soñar con toda licencia en ser, deconstruidamente, lo que le viniera en gana.

Soy lo que dicta mi autopercepción. ¿Y si me percibo como un animal desafiando todo humanismo antropocéntrico? ¿Qué me lo impide? Es así como surge, en plena modernidad, allá por los años 90 del siglo pasado, el movimiento therian, en el marco del temprano internet.

La postmodernidad arrastra cierto pesimismo a manera de desencanto de las promesas de la modernidad. El hombre, emancipado de Dios, tomó posesión de “natura” cual tierra de conquista. La misma que, fiel al credo del progreso, expolió hasta el límite. En el afán de crear su propio paraíso terrenal empleando el músculo tecno-científico, conjuró la distopía del cambio climático del desastre ecológico. Es el antropocentrismo de la modernidad, depredando el mundo sin conciencia.

Generaciones como los mileniales y los centeniales han reaccionado avergonzándose de su humanidad. Renegaron del piramidal especismo, que colocaba al ser humano en la cumbre de la cadena alimenticia.

Esta misantropía con causa animó al movimiento therian, todavía marginal. Abjurar de mi propia humanidad, comprendiendo que podemos aprender de la sencillez instintiva del animal. En esa admiración moral, algunos vieron viable mimetizarse con las bestias.

Hijos del poshumanismo

Aunque los therians no tienen de momento un credo oficial, podemos atribuirles, uno por uno, los rasgos antropológicos y culturales de su movimiento, que sería el poshumanismo.

Carente de una esencia o forma arquetípica, el poshumanismo dice que el ser humano es un ser arrojado, por naturaleza, al mundo sin un plan o destino. Inexorablemente, está en constante transformación evolutiva. Carente de definición, puede convertirse en cualquier cosa, accidental o deliberadamente.

El therian decide parcialmente identificarse con un animal y las circunstancias culturales lo facultan para hacerlo. Le dan la justificación para montar su postmoderno carnaval, pero no como oda al pecado. Su mascarada es más un juego de niños menores que aman y admiran, no chamánicamente, un animal.

Antes que los therians, los furros, quienes muy probablemente sean sus antecesores en el mundo friki, surgido en este caso entre la comunidad otaku (seguidores y admiradores de la cultura pop japonesa), figuraban en ese mundo cultural como los más repudiados.

El "furro”, más estético y lúdico

El “furro”, por un asunto estético y lúdico, gusta de disfrazarse de personajes de animales antropomórficos de anime o manga, como los populares Beastar o Retsuko.

Rechazados dentro de la subcultura del cosplay (afición por disfrazarse de personajes de ficción), el furro no lanza manifiestos ni desnuda su alma hablando de su identidad animal. Gusta de ir a convenciones de cómic, vistiendo sus botargas de tiernos personajes de animación.

En contraste con la discrecionalidad del furro, el therian busca escaparate y micrófono sobre todo en las redes sociales e intenta formar manada con otros iguales, que portan máscaras de zorro, perro, gato, etc.

El repudio a los therians los ha puesto en el disparadero como parte del catálogo de neurodivergentes de esta postmodernidad. Pero, sin exageraciones ni alarmismos, no pasan de ser una tribu urbana. Una de muchas, generada por las condiciones culturales, sociales, antropológicas y hasta religiosas de esta modernidad liquida.

No son la joven vanguardia del galopante transhumanismo. Lo suyo no pasa de ser un pasatiempo pueril que hace reminiscencia con el ancestral animismo. Una fusión del primitivo chamanismo con el moderno poshumanismo.

Dando un vaticinio, es muy probable que los therians, igual que ocurrió con los emos, sean sólo una moda pasajera que se magnificó como movimiento de tribu urbana gracias a las redes sociales y a internet. La red siempre esta ávida de sensacionalismo y exotismo y los therians calificaron para ser la noticia del momento, hasta que otra excentricidad de la postmodernidad los destrone.

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The Conversation es una fuente de noticias y análisis escritos por la comunidad académica e investigadora y dirigida directamente a la sociedad.
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