La IA es hoy el tabú y el terror de la literatura. Cuando la premio Nobel Olga Tokarczuk confesó que la utiliza para investigar o incluso testear estructuras, el templo se partió en dos, y vuelve a hacerlo cada vez que un relato premiado levanta sospechas de haber sido intervenido por algoritmos.
La IA ya no dejará jamás de ser un agente real operando en el mundo, y es en ese mundo en el que escribiremos. A medio y largo plazo, resulta imposible especular con lo que ocurrirá, pero a corto plazo (tan corto que ya estamos ahí) parece que van a convivir tres fenómenos: la escritura de IA, la escritura con IA y la escritura sin IA. Debemos exigir, mientras aún sea posible, que nadie nos pase una cosa por otra.
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