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Los tejidos ocupan nuestro bien raíz más valioso: la superficie de nuestros cuerpos. Desde tiempos remotos, la humanidad ha envuelto su piel con fibras tejidas, no solo como protección contra el entorno, sino como una manifestación de identidad, estatus y creatividad.
Los tejidos constituyen un tipo de tecnología tan familiar, tan abundante en la cotidianeidad, que, tal y como afirma Virginia Postrel, autora del ensayo El tejido de la civilización, sufrimos una suerte de amnesia textil que nos hace ignorar los esfuerzos, el conocimiento y la historia que atesoran. Porque el hilo es uno de esos inventos invisibles que sostienen civilizaciones: los tejidos hicieron posible los desplazamientos a través de los océanos y la apertura de grandes rutas comerciales. Fue la necesidad de hilo la que dio paso a la invención de las primeras máquinas que ahorraban trabajo a los seres humanos y el deseo de teñir telas, el que propició el origen de la química.
Sus intrincadas superposiciones permitieron dominar algunas áreas de las matemáticas, desarrollar sistemas contables, enriquecer las lenguas con metáforas precisas. También sirvieron de inspiración para el desarrollo de las ciencias informáticas.
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