Hervidos Tropical es un lugar único en el Centro Histórico. En esta cantina ubicada entre las calles Maldonado y Quijano aún se escucha música en una rocola y se percibe el olor cítrico de la naranjilla hervida. Aquí, la familia Idrovo sostiene el legado de un Quito que ya no existe.
Desde 1980, el encargado de administrar este negocio fue Carlos Idrovo, quien murió el 11 de diciembre de 2025, a los 94 años. Como él lo hizo cientos de veces, busco una moneda de 25 centavos y la dejo caer por la ranura de la rocola de Hervidos Tropical. Se escucha un chasquido y después de unos segundos suenan los primeros acordes de Nuestro juramento.

La cantina del ‘Ruiseñor de América’
En enero de 2011, durante una larga conversación, Carlos Idrovo me contó que hasta Hervidos Tropical, ubicada a una cuadra al sur de la antigua Terminal Terrestre Cumandá, llegaba de visita Julio Alfredo Jaramillo Laurido. Entraba ahí como quien vuelve a su casa y se sentaba en el lugar de siempre, la mesa 4.
Hoy, don Carlos, como lo llamaban sus amigos y conocidos, ya no está detrás del mostrador, pero en la famosa mesa 4, sentada frente a mí está su esposa, Ruth Borja, quien viste de negro entero por el duelo. Junto a ella permanece atento, Edwin, el hijo de la pareja que continúa con el legado familiar.

Ruth y Edwin recuerdan las visitas de Julio Jaramillo y las pequeñas conversaciones que mantenía con don Carlos. Además de coincidir en los gustos musicales. Ellos eran “casi paisanos”. Don Carlos nació en Cuenca, pero vivió su niñez y adolescencia en Guayaquil. Antes de llegar a la capital fue marinero mercante.
Ese fragmento de su vida es parte de la decoración del lugar. La pared detrás del mostrador tiene figuras que añoran al mar. Hay un barco a escala con velas desplegadas, un timón de madera y un marinero de cerámica que en sus manos sostiene una copa con el licor puro, uno de los ingredientes de los hervidos.
El hombre detrás del mostrador

Idrovo atendía Hervidos Tropical con una sonrisa fácil que brillaba entre sus arrugas, su pelo cobrizo y su barba. Usaba una gorra blanca como parte de su uniforme. Él se encargaba de recibir a los clientes. “Era muy risueño, demasiado”, recuerda su esposa.
Don Carlos no se escondía de las cámaras. Cuando los clientes jóvenes llegaban, atraídos por la publicidad que TikTok le dio al lugar gracias a artistas como Guanaco y Guardarraya, le pedían una foto y él posaba con gusto. Después de ubicar a los visitantes en una mesa, volvía a su lugar de siempre, detrás del mostrador.
Ahí, en una esquina vigilaba la preparación de los hervidos que, hasta la actualidad, se realiza sobre una cocineta blanca de cuatro hornillas. Dos prendedores calientan los 20 litros de hervido que salen cada día. En la hornilla pequeña, una jarra de hierro enlozada con flores acelera el hervor. Estrategia de cantinero: rapidez sin sacrificar ceremonia, porque el frío quiteño no perdona y el cliente tampoco.
A pesar de su edad, recuerda su hijo Edwin, don Carlos buscaba seguir activo en el negocio. Siempre se encargaba de servir las bebidas a los clientes. “Yo le ayudaba a preparar los hervidos y a cobrar. La receta no la sé. Los únicos que la conocen son mis abuelos y mis papas”.
En Quito muchos confunden hervido con canelazo. El hervido nace de jugo puro de naranjilla, con fruta “de primera” y un licor específico que se compra directamente a la fábrica. Ruth custodia la receta como un tesoro que aún no ha sido dado en herencia. La mujer de 78 años asegura que la compartirá cuando sienta que es el momento.
Don Carlos tenía un carácter fuerte. Este salía a la luz cuando algún visitante quería ingresar en estado etílico. Y cuando veía que algunos de sus clientes se entonaban por el consumo de alcohol, él paraba la venta. “El lugar cuida a quien entra”, decía.
Un lugar donde el tiempo se detiene
El local mantiene un discreto rótulo de hierro forjado en la puerta de ingreso. También hay una gigantografía vertical que se resiste a ser retirada. El aroma a naranjilla cocinada nos recibe antes que cualquier saludo.
Detrás del mostrador de madera, ancho y rústico hay un teléfono convencional negro de disco, de esos que suenan cada vez que se marca un número y que aún funciona. También hay una cartelera escrita a mano que indica el precio de los hervidos: la botella cuesta USD 10; la media, USD 5 y el vaso USD 2.50.

Aquí no se vende comida. Hace unos meses incorporaron algunos snacks en la vitrina, pero los comensales no los miran. “La gente llega para probar estos hervidos que son únicos en Quito y vivir la experiencia de poner una canción en la rocola”, dice, Edwin.
Un pasillo estrecho separa la sala principal de una más pequeña. Ahí se ubica la reliquia musical marca Pulitzer. Guarda 87 discos long play: boleros, pasillos, salsa, rancheras, baladas. Cada moneda activa un recuerdo. Cada canción pone a Quito a cantar con sentimiento de despecho, aunque ese sentimiento no sea coyuntural.
El humo que consumió su vida
Idrovo padecía una enfermedad pulmonar. Sus órganos perdieron elasticidad y ya no cumplían su trabajo. Los últimos días, don Carlos dormía con oxígeno. Edwin cuenta que el cuerpo de su padre cargaba un daño provocado por el humo acumulado por décadas, cuando adentro de los locales se fumaba sin culpa.
El miércoles, 10 de diciembre de 2025, un día antes de su muerte, Idrovo trabajó en el local. Insistió en ir al negocio. Quizás quería despedirse del lugar en el que conoció al amor de su vida y fue el sustento de su familia.




El día en el que dejó de respirar, su familia lo llevó a emergencias del Hospital Enrique Garcés. La experiencia fue frustrante, el personal médico dijo que no había nada que hacer y recomendaron que se lo lleven a su casa, pero si el oxígeno se desconectaba, la muerte era instantánea. Edwin contrató una ambulancia privada y llevó a su padre a casa. Ahí, en su cama, junto a sus hijos, dio su último aliento.
Cuando se conoció su partida, los mensajes de condolencias no pararon de llegar a las cuentas de Facebook y TikTok del negocio. Es jueves, 18:00 y los clientes llegan, se acercan a Edwin, le dan el pésame y se despiden de don Carlos abriendo una botella de hervidos. El primer trago es para él, por eso va al piso, a la tierra.
Una historia de amor en medio de los hervidos
Todo el mobiliario del local es de los años setenta, cuando los papás de Ruth administraban el negocio. Nada ha cambiado desde entonces. Las mesas cuadradas para cuatro personas y las sillas con espaldar y asiento rojo son las mismas en las que ella y don Carlos conversaban bajo la vigilancia de los adultos.
“Él venía a visitarme, me dedicaba canciones de esta rocola. Un día me pidió que sea su enamorada y me dijo que hablaría con mis papás para casarse conmigo, pero yo era menor de edad. Él tenía 14 años más que yo”.

Ruth lo recuerda como un hombre fuerte que amaba la música. El 27 de diciembre de 2025 cumplieron 60 años de casados. Cuando ellos trabajaban en el local y sus dos hijos eran unos niños, don Carlos ponía a funcionar la rocola, seleccionaba la canción de uno de sus clientes más famosos.
“Si tú mueres primero, yo te prometo. Escribiré la historia de nuestro amor”, canta Ruth, con nostalgia. "Me deja esa responsabilidad". Al final añade que le alegra que la gente conozca su historia de amor con el último cantinero de Quito, don Carlos Idrovo.

