
La data: Harari ha vendido más de 45 millones de ejemplares de sus últimos tres libros: Sapiens, Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI. El cuento: un historiador israelí convertido en el ‘oráculo’ de los más poderosos del mundo.

¿Quién es Yuval Noah Harari?
Hace diez años, pocas personas fuera de Israel habrían levantado su mano para responder esta pregunta. Hoy, Harari está en boca de políticos, empresarios tecnológicos y académicos de todo el mundo.
En gran medida, ese reconocimiento se lo debe a Sapiens: De animales a dioses, el libro que publicó en 2014 y que lleva más de 23 millones de ejemplares vendidos.
Hay quienes lo ven como un historiador respetable y otros como un populista de la ciencia; sin embargo, hay una constante presente, todos destacan su claridad narrativa. Harari no solo sabe el cuento sino también contarlo.
Pero, ¿quién era Harari antes de la publicación de Sapiens? Su historia comienza en 1976, en la ciudad de Kiryat Atta, Israel. Aquel niño que creció en medio de una familia judía secular se convirtió en un apasionado joven por la historia medieval y militar.
A los 22 completó su maestría y a los 26, su doctorado en la Universidad de Oxford, en Inglaterra. A los 30, cuando muchos aún buscan su lugar en el mundo, se convirtió en profesor titular de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Lo que acaba de leer sobre Harari es parte del resumen público que le daría cualquier IA generativa. El resto, con detalles de su vida privada, aparece en libros y entrevistas. Por ejemplo, en Nexus: Una breve historia de las redes de la información desde la Edad de Piedra hasta la IA (2024) cuenta cómo conoció a Itzik Yahav, su esposo y agente.
Asimismo, En una entrevista con la BBC, publicada en 2018, confiesa la incomodidad que siente por la buena recepción que han tenido sus libros entre los líderes de las grandes empresas tecnológicas, cuando lo que ha hecho es criticarlos por debilitar la democracia.
Gracias a lo que ha contado en los medios, también sabemos que no usa teléfono celular, medita dos horas al día, pasa dos meses del año en absoluto silencio, no come carne y vive en una moshav, (comunidad rural israelí que funciona como una cooperativa).
Sí, Harari tiene un estilo de vida particular, pero como dice el argot popular: ¡cada uno, cada uno! En el fondo, lo importante son sus reflexiones, sus tesis y argumentos, que nadan a contracorriente en uno de los mundos más inhóspitos para los homo sapiens, el de la inteligencia artificial (IA).
Nexus
Los debates y reflexiones sobre el impacto de la IA en la vida de los humanos, en gran medida por la influencia de Hollywood y la ciencia ficción, se han centrado en una sola pregunta: ¿algún día las IA tendrán conciencia y reemplazarán a las próximas generaciones de humanos?
Ya que nadie sobre la faz de la Tierra puede responder con certeza a esta interrogante, Harari propone redirigir nuestra atención a los mecanismos de control.
Para él, todavía estamos en un momento de la historia en el que los países pueden decidir seguir viviendo en democracia -¡No, Maduro; hasta tus amigos reconocen que Venezuela es una dictadura!-, o en una autocracia perfeccionada: la de los algoritmos y las inteligencias artificiales.
Harari no niega que, en muchos casos, las redes sociales, los algoritmos y las inteligencias artificiales han desempeñado un papel positivo en la vida de las democracias del siglo XXI, pero también es enfático en recordarnos que han alentado a sembrar el odio y la cohesión social en muchos países.
Uno de los ejemplos más escalofriantes es la limpieza étnica de Myanmar, en 2016. Allí, miles de rohinyás, habitantes musulmanes del oeste de este país asiático, fueron asesinados por miembros del Ejército de Salvación.
Sí, los que apretaron el gatillo para matar a miles de rohinyás no fueron los algoritmos, sino humanos, pero el odio y la violencia hacia ellos fueron alimentados por la propaganda antirohinyá en Facebook, la fuente principal de noticias en Myanmar.
Durante ese 2016, los algoritmos de Facebook comenzaron a reproducir al infinito los videos de odio de los líderes antirohinyás. Y lo hicieron porque descubrieron que eran los que más tiempo de permanencia tenían. Esa fue la única terrorífica razón.
El de Myanmar es solo uno de varios hechos históricos que Harari usa para apalancar sus argumentos a favor de un mayor control de las nuevas redes de información. Y ahora, con un criminal condenado por la justicia como nuevo Presidente de EE.UU. urge proteger la democracia no solo de las IA sino también de los ´hombres fuertes´.

