
El patrimonio arquitectónico de Guayaquil existe: es su arquitectura moderna. Después de los grandes incendios que destruyeron la ciudad antigua, el clima y la desidia derriban a diario lo poco que queda. Marina Paolinelli y Ricardo Bohórquez hacen memoria a través de la fotografía.
Frente a la iglesia de San José, al hospital Luis Vernaza y al Cementerio Patrimonial de Guayaquil, se construyeron pasos a desnivel que impiden volver a ver algunos de los edificios patrimoniales más antiguos de la ciudad, que datan de finales del siglo XIX e inicios del XX. El último vestigio cacaotero, una actividad que enriqueció a varias familias de la élite, fue derribado en 2019 para construir una réplica de cemento que es totalmente distinta. El antiguo Consulado de Mónaco, la única casa de madera que sobrevive en la 9 de Octubre, la calle central de la ciudad, tiene caída una parte de su fachada y la lluvia la está derribando. A la quinta Piedad la demolieron, luego de que sus herederos la abandonaran y ahora es un parqueadero de vehículos con una palmera sobreviviente.

“Llegamos tarde, no se puede hacer nada”, eso fue lo que le dijo Pablo Lee a Marina Paolinelli. El arquitecto presidía Proha, el programa de investigación de la historia de la arquitectura de la ciudad, a fines de los ochenta. Durante ese proyecto Marina registró al menos 51 casas y edificios de la ciudad. Y reveló casi mil fotografías de bienes declarados patrimoniales, entre ellos, la quinta Piedad.
Paolinelli fue la fotógrafa principal de este proyecto e involucró al menos a ocho de los alumnos de su taller de fotografía, pues era directora de ese espacio en la Facultad de Arquitectura, de la Universidad Católica de Guayaquil. Con ellos recorrió y reveló las imágenes de una ciudad que estaba por extinguirse.
Quinta Piedad
Cuando llegó a Guayaquil, en 1974 —desde Concepción, una ciudad fluvial de Chile, donde ninguna casa construida antes de 1950 sobrevivió a los constantes terremotos—, Marina nunca había visto una casa vieja, tampoco había agarrado una cámara ni sentido el fulgor que vivió la primera vez que estuvo al pie del río Guayas. Durante cincuenta años en esta ciudad del trópico, que ha construido lo nuevo encima de su historia, piensa que “así ocurren las cosas en el Ecuador: de forma espontánea, a veces por casualidad”.
Quería ser crítica literaria. En Chile su mejor profesor fue un ecuatoriano, el sociólogo Agustín Cueva. Pero ella no sabía dónde quedaba el Ecuador. Cuando sus padres tuvieron que viajar por una larga temporada laboral a este país, ella dejó Chile emocionada por la posibilidad de encontrarse con lo desconocido. Aquí continúo la carrera de Literatura que había iniciado en su ciudad natal y fue parte del proyecto de una revista literaria con las escritoras Liliana Miraglia y Nila Velázquez.
“Alguien tiene que hacer las fotos”, dijo Nila. Marina, sonrisa tímida y ojos grandes, hizo sus propios experimentos fotográficos trepada en edificios y terrazas. Cargaba un objeto que era un cuarto de su peso, con un trípode que le permitía fijar la mirada. Así buscó cómo mejorar sus fotos hasta que fueran capaces de decir lo que quería.

El equipo de Proha, para el cual trabajó Marina, logró ingresar a la quinta Piedad, uno de los últimos edificios que rememoraban la vida de hacienda, junto a aquellas calles que a inicios del siglo XX eran los límites de una ciudad en ciernes. La casa era una propiedad dividida entre sus dueños y se alquilaba por piezas. Estaba condenada a ser un tugurio. El proyecto quería hacer un inventario de sus formas, que, según Marina, la hacían ver como un mundo paralelo al que existía en la calle.
La quinta era una mansión en el centro de la ciudad, pero sus inquilinos la habían convertido en una casa de tiendas de acampar, que impedían recorrerla entera. Sus jardines copaban toda la vereda. La entrada estaba bloqueada, solo era posible entrar por un callejón. Las barandas de las escaleras, las lámparas de cristal, los balaustres, aún engalanaban esos espacios tomados por su pasado aristocrático.

En ese interior amplio, en el que funcionó alguna vez la radiodifusora Quinta Piedad, estaba la escalera que permitía distinguir el pasado de la propiedad. Marina apuntó con su cámara y pensó “esta foto tiene que salir perfecta”. Justo pasaron unos niños y ella se lanzó a decirles que se detuvieran un momento. Esos niños delgados, en short y zapatillas correteando en una mansión mientras una cámara los mira, son muestra del contraste que constituye la ciudad.
Marina se quedó a vivir en Guayaquil y hace más o menos ocho años dejó de hacer fotografía. Para ella, el proceso de generar luz sobre un negativo perdió el sentido en un mundo donde ya no mira al otro para fotografiarlo a través de dispositivos móviles, en una ciudad que hace rato ya no se ve a sí misma. Ha sido testigo cómo los espacios que caminó, para reconocer los cambios de luz en cada una de sus esquinas, se han convertido en “un puerto aplastante, imposible de caminar, con edificios de los que no se sabe bien cómo salir”.
Para Marina la fotografía es “mostrar la versión del mundo que vives, mirar a tu alrededor para descubrirte. La fotografía te hace ver de qué forma miras y te ayuda a desarrollar tu propia personalidad, la manera en la que eres mientras observas”. Piensa que la fotografía debe entenderse sola y que si un fotógrafo no maneja lo técnico no puede descubrir su mirada. Aunque ya dejó la fotografía, piensa que transmitió un poco de su búsqueda a sus estudiantes.
Entre la ruina y el caos
Ricardo Bohórquez, uno de los alumnos que acompañó a Marina en aquellos recorridos por Guayaquil, dice que todo lo que le gusta de esta ciudad desaparece. Han desaparecido los barcos de los astilleros en el sur de la ciudad y los restaurantes clásicos en los que se hacía vida nocturna. “Es una urbe que no puede mantener nada, aquí todo se borra, y ese borramiento que olvida es violento”.
En Guayaquil hay tanta vida, como la que sedujo a Marina Paolinelli cuando llegó, como ruina. Para Bohórquez Guayaquil es una forma de vivir en medio del caos, de las ruinas, de la decadencia. Recuerda que, incluso el hormigón, un instrumento al que se piensa fuerte y duradero, si no se cuida, se corroe, aquí el trópico se come todo.
Cuando fue parte de Proha dejó de ser un usuario de la ciudad para conocerla realmente. Por eso son importantes esas fotos de casas gigantescas patrimoniales, de las que le hablaban sus tías, aunque él llegó a verlas cuando estaban en el principio de la ruina. “Fue descubrir —dice— cómo estaban conformados los barrios y que la ciudad en algún momento estuvo pensada por alguien y eso cada vez existe menos”.

Piensa que ahora la vida de las personas se articula a partir de una gran avenida, cercana a un centro comercial, como ocurre en las grandes urbanizaciones de la vía a Samborondón, con modelos que se replican con mayor fuerza en la zona urbana de Guayaquil.
Bohórquez nació en Guayaquil y siempre vivió en los alrededores del centro. En los años ochenta estudió Arquitectura en la Universidad Católica de Guayaquil porque creía en el ejercicio de las profesiones liberales. Terminó la carrera, pero se dedicó poco a la arquitectura, porque encontró mayores posibilidades de resolver problemas en la fotografía.
Para él, la arquitectura moderna de Guayaquil planteaba soluciones que integraban la vida cotidiana con las tradiciones de la ciudad. Las ventanas eran chazas que se mantenían siempre abiertas, los edificios priorizaban los soportales para que la gente caminara y le diera tregua al sol, las casas tenían patios interiores para que las personas se encontraran y hasta dialogaban con la vegetación local. “Algo que no tiene la arquitectura actual, en la que todo se plantea con volúmenes, cajones de vidrios, una masa que se impone”.
Con él coinciden arquitectos como Florencio Compte, quien sostiene que hay una visión de ciudad que no es clara en cuanto a lo que debe ser la propuesta urbana y arquitectónica. “Hay que pensar en el futuro, tener un pie en la vanguardia, pero otro pie en la tradición de nuestra historia”.
Pero Ricardo está cansado de hablar de lo que se ha perdido. Prefiere aferrarse a lo poco que sobrevive; a esa esquina del centro de Guayaquil en la que parece no haber pasado el tiempo, al menos no del todo. Su foto favorita más reciente es la del Banco de Descuento, una obra del arquitecto checo Karl Kohn que apareció en los años cincuenta.
A inicios de los años noventa, el banco quebró y el edificio de cuatro pisos que se levanta en la esquina de Pichincha y Aguirre, en el centro de Guayaquil, se llenó de oficinas y cubículos para ser la sede de la Superintendencia de Compañías. Pero en 2016, en un convenio con la Universidad de las Artes, se vació de oficinistas para llenarse de libros y ser la Biblioteca de las Artes. Como parte de este proyecto, la arquitecta Delia Kingman recuperó su tragaluz y la redondez de sus pisos.
El pequeño palacio del dinero que construyó Kohn en Guayaquil recuperó, de alguna manera, la vida. En ese momento Bohórquez aprovechaba los ratos de buena luz y ausencia de mobiliarios para documentarlo con más de mil disparos. Su foto favorita es una en la que se sobrepone el mural del escultor Alfredo Palacio, con la luz que atraviesa los espacios que Kohn pensó para que el interior dialogara con la ciudad. “Quise explorar la luz, hacer una arqueología de lo que diseñó Kohn. Me interesa tener un catálogo de cosas que me ayudaría a resolver problemas futuros, un catálogo que tal vez nunca use”.
Pregunto a Bohórquez que, si todo aquello que constituía a Guayaquil ha desaparecido, entonces qué es la ciudad. No lo piensa mucho y responde que Guayaquil es la vida en la calle, aunque después de la pandemia, todo ha sido una sucesión de encierros y violencias. “Lo uno ha llevado a lo otro”, asegura este fotógrafo.

