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En Guayaquil dos hogares abrieron sus casas a niños que no eran suyos y descubrieron que el cariño, aunque tenga fecha incierta, vale la pena. Esta es la historia del acogimiento familiar en el Ecuador, y de por qué hacen falta más personas dispuestas a intentarlo.
Cuando la niña que vive con él sale a jugar donde una amiga o se va con su abuelo, Alexis Vite (nombre protegido) lo nota en la quietud. “Es muy silenciosa, extremadamente silenciosa”, dice sobre la casa cuando ella no está. No es ansiedad —sabe que va a volver—, pero es una ausencia que se siente en el cuerpo de la vivienda. Antes de enero de 2023 ese mismo espacio tenía otro ritmo: el de un hombre soltero que organizaba su vida según sus necesidades puntuales y antojos. Tenía la opción de salir una noche a alguna reunión y regresar al día siguiente. Hoy su cotidianidad gira en torno a los horarios de comida, la medicación, el colegio, las terapias de lenguaje y ocupacionales de una pequeña a la que él llama, con cariño, “mi niña velcro”, porque no se despega de su lado.
Alexis es familia acogiente. Eso quiere decir que cuida a una niña que no es su hija biológica, con la que no tiene ningún parentesco legal, y que en cualquier momento —si las condiciones familiares cambian, si aparece un pariente capaz de asumir su cuidado, si así lo determina un juez— podría dejar de vivir con él. “Es un riesgo que asumí desde el inicio. La pérdida sería extremadamente importante para mí”. Lo comenta sin que los ojos se le pongan aguados, pero casi se puede oír su corazón haciéndose chiquito.
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