Este 25 de julio, la ciudad de Guayaquil conmemora 491 años de fundación española. Desde los años 30 del siglo XX, en Quito hay una vía que lleva su nombre. Nosotros la recorrimos, para contarle las historias que esconde esta calle del Centro Histórico.
Hay un poco de Guayaquil en Quito. Se siente en el sonido de las rocolas con las canciones de Julio Jaramillo, en el encebollado y en los guayaquileños que han llegado hasta esta ciudad de montaña a ponerle un poco de calor y de sazón. Su presencia también late en el Centro Histórico de Quito, donde una calle lleva su nombre.
¿Pero qué hay en la calle Guayaquil de Quito? Para empezar, le contamos que esta vía es una de las más importantes del casco colonial y que lo atraviesa de norte a sur a lo largo de un kilómetro y medio – desde la plaza de San Blas, hasta las faldas del Panecillo –.
Al mediodía, el sol de julio es inclemente en Quito y eso lo saben bien los comerciantes de la calle Guayaquil, que en su primer tramo aprovechan el calor para vender los famosos helados de máquina. Aquí inicia nuestro recorrido por la calle Guayaquil:
Una calle con cuatro nombres
Lo primero que hay que decir es que esta calle no siempre se llamó Guayaquil. Fue bautizada con este nombre gracias a una ordenanza municipal de los años treinta del siglo XX, según cuenta el cronista de Quito Patricio Guerra.
Antes, fue conocida como “Calle del comercio bajo", porque hasta ahí llegaban los comerciantes del sur del país; vía de "Las Churretas", por el agua sucia que corría cuesta abajo; y, donde hoy está la Plaza del Teatro y el Teatro Sucre, como “Plazuela de las carnicerías”, porque ahí se faenaban las reses en la Colonia.

Pero el nombre que generó debate fue otro. Una lista de calles antiguas atribuida al cronista Víctor Manuel Albornoz registra que el tramo norte se llamaba “Calle de la Sábana Santa”.
El problema es que el cronista Ángel Roberto Dávalos, en su libro Quito: Significado y ubicación de sus calles, la anota como “De la Sábana Blanca” y atribuye el nombre a una leyenda conocida de la época, sin decir cuál. Los cronistas nunca se pusieron de acuerdo y el debate quedó zanjado cuando la calle se rebautizó como Guayaquil.
El restaurante que ‘quiteñizó’ el ceviche
Avanzando en dirección hacia el Panecillo y frente al muro del convento de San Agustín, el olor a canela y naranjilla inunda el ambiente. Desde 1858, en el número 1059 funciona la Heladería San Agustín, el negocio gastronómico más antiguo de Quito. La casa es todavía más vieja: se levantó hacia 1739 y fue pulpería, de esas donde se vendía chicha, aguardiente y hierbas para el espanto.
Y como en este país todo es un mestizaje, aquí ocurrió un evento que une a los dos ‘guayaquiles’ de esta historia: en las mesas de este negocio, a mediados del siglo XX, se popularizó el "ceviche quiteño", un plato de mar que se come a 2.850 metros de altura.

¿Cómo llegaban los mariscos hasta Quito ? En tren. La primera locomotora, la número 8, entró a la estación de Chimbacalle el 25 de junio de 1908, conducida por el maquinista chileno Arturo Munizaga.
Desde entonces los mariscos subieron desde el puerto envueltos en bloques de hielo y paja, y para los años treinta ya se cocinaban aquí ceviches de concha y camarón con jugo dulzón, ese que hasta hoy escandaliza a los puristas porteños.
Modernidades: un toro y un presidente
Seguimos caminando con dirección al sur y llegamos a la esquina de las calles Guayaquil y Chile, en ese lugar ocurrió una de las leyendas más populares de Quito: la de Bella Aurora, la muchacha a la que un toro persiguió desde la plaza hasta su alcoba, en la casa número 1028.
La casona ya no existe. En su lugar se levantó, a mediados de los cincuenta, el edificio Guerrero Mora, una de las primeras obras modernas del casco colonial, diseñada por un joven arquitecto llamado Sixto Durán-Ballén, el mismo que casi cuarenta años después sería presidente del Ecuador.
El edificio deja un guiño al caminante atento: una estatua de bronce del arquitecto-presidente que vigila la esquina donde bramó el toro.

Bonus track
Antes de llegar a la Plaza del Teatro, bajando desde San Blas, si usted dobla en la Galápagos se topará con ‘La Guaragua’, ese pasaje que todos hemos cantado sin saber dónde queda: "La Loma Grande y La Guaragua, son todos barrios tan queridos de mi gran ciudad…".
El pasacalle ‘El Chulla Quiteño’, compuesto por Alfredo Carpio en 1946, dibuja los límites de la vieja ciudad: la Loma Grande era la salida al sur y La Guaragua la puerta de entrada por el norte, viniendo de La Alameda.
En los años veinte era el rincón de bohemios, pintores y enamorados. Hoy es apenas una cuadra empinada y grafiteada. Igual que la calle Guayaquil, la Galápagos es un pedazo de costa sembrado en la mitad del mundo.

