Desde el año 2000, el Centro Terapéutico de la Fundación Reina de Quito se ha enfocado en el trabajo a favor de niños y jóvenes con síndrome de Down. Su objetivo es ayudarlos a la inclusión en su vida escolar, familiar y social. 35 exreinas son parte del voluntariado.
Hace mucho que la Reina de Quito dejó de ser un personaje exclusivamente vinculado a las fiestas de la ciudad y pasó a ser una figura comprometida con proyectos sociales. Hay una fecha bautismal, 11 de abril de 1985. Ese día, por iniciativa de María Teresa Donoso -reina de Quito 1984-1985-, un grupo de exreinas decidieron impulsar proyectos para trabajar en la ayuda a los sectores más vulnerables.
De ese día han pasado 40 años. En un inicio se enfocaron en apoyar a adultos mayores, personas en situación de calle, con discapacidad, madres adolescentes, niños prematuros y gente con enfermedades crónicas. El giro llegó en el año 2000, cuando se especializaron en la atención a niños con síndrome de Down; una condición mental que en parte, gracias a su Centro Terapéutico, ha dejado de ser vista como una rareza.
Los tambores de Eddie

Es un miércoles de septiembre de 2025. Rafa, Elías, Abraham, Gabriel y Tiago tienen entre 4 y 5 años y viven con síndrome de Down. Están en una de las aulas del Centro Terapéutico de la Fundación Reina de Quito. Frente a ellos hay un tambor de color rojo. En el aula también está Karina, terapista de lenguaje, su tambor es de color amarillo. Juntos, como cada mañana, realizan una serie de ejercicios rítmicos con sus tambores.
En 1997, Eddie Tuduri -baterista de bandas como los Beach Boys- sufrió un accidente que lo dejó paralizado desde el cuello. Un día, durante su recuperación, le pidió a un amigo que le llevara unas baquetas e instrumentos de percusión. Ese fue el inicio de TRAP (The Rhythmic Arts Project), un programa sonoro donde la música y el juego se han vuelto claves para las sesiones de terapia que están a cargo de Karina Anatoa.
Al tiempo que Tiago, Gabriel, Abraham, Elías y Rafa golpean con sus pequeñas manos los tambores de color rojo repiten con entusiasmo sonidos, palabras y colores. Anatoa explica que este programa le ha servido para trabajar con ellos temas de ritmo, lenguaje y comandos verbales. “En mis clases, todos participan por turnos y frente al resto de sus compañeros. He visto que eso les ayuda a mejorar su socialización y su autoestima”.
Los danzantes y el Diablo Huma

Al mediodía, en otra de las aulas del Centro Terapéutico, un grupo de danzantes ataviados con zamarros, ponchos y máscaras bailan al ritmo de ‘Zapateando Juyayay’, un clásico del cancionero nacional. Son jóvenes de entre 20 y 28 años que forman parte del programa Escuela de Vida, cuyo objetivo es prepararlos para la inclusión laboral. Entre esos danzantes está Andrés Vallejo, un amante de las danzas folclóricas andinas.
Andrés habla de la danza de los caporales, la morenada o las tobas, con la misma pasión que otro joven de su edad lo haría sobre Messi, la Champions League o el Mundial de Fútbol. Mientras danza, su cuerpo lanza giros estilizados y pasos que tienen una sincronización perfecta. Quizás esa precisión en el momento de bailar venga de otra de sus aficiones, la natación, un deporte que requiere de mucha concentración.
Uno de los mejores amigos de Andrés dentro y fuera del Centro Terapéutico es Steven. Él cuenta que lo suyo es la actuación y que por eso disfruta tanto cuando tiene que ponerse la máscara de Diablo Huma y danzar como un poseído. Junto a él está Doménica, otra joven veinteañera para quien la danza no es una pasión, pero sí la actividad que le ha permitido dejar a un lado su timidez y comunicarse más con sus compañeros.
El Centro Terapéutico

Si alguna vez se preguntó si tenía algún sentido que cada año se organice el evento para elegir a la Reina de San Francisco de Quito, el desfile Contrastes o la Cena de las Rosas y se quedó en las mismas, María Teresa Donoso, actual presidenta de la Fundación Reina de Quito, es la persona a la que hay que escuchar. Ella cuenta que el dinero recaudado se invierte en el Centro Terapéutico y en proyectos sociales como Inquebrantables.
En la actualidad, el personal del Centro Terapéutico está integrado por terapistas, psicopedagogas, psicólogas y asistentes de aula. Estas profesionales son quienes están junto a chicos como Rafa, Doménica o Andrés. Y también son quienes procuran darles las herramientas para que sean incluidos en escuelas y colegios de educación regular. Los resultados están a la vista, seis chicos ya se han graduado de bachilleres.
Donoso aclara que los servicios que se brindan en el Centro Terapéutico no son gratuitos, que revisan la situación de cada familia y que dependiendo de sus posibilidades económicas se les otorga un subsidio. “Las familias -dice- pagan entre 90 y 220 dólares mensuales para las terapias”. Además, se organizan charlas y capacitaciones con sus padres. Aquí todo suma para que el síndrome de Down deje de ser un estigma.

