
*Artículo de Opinión
Cuando recorro la ciudad o cualquier otro paraje, incluso virtual, leo cada letrero, grafiti, señal de tránsito o afiche que se me cruza. No importa si son textos tallados en la puerta de un baño, si fueron tatuados en la piel de una persona, si ocupan la superficie de una valla o si acompañan la publicidad que bombardea mi celular: todos capturan mi atención.
Y no tanto por lo que dicen de forma explícita, sino por lo que cuentan sus “metadatos”: el trazo, el lugar elegido, el vocabulario empleado, las desviaciones o adherencias con respecto a las normas ortográficas y gramaticales.
¿Qué sugiere el letrero de una tienda de plantas que dice, en un sagaz juego de palabras, “Fuente de saviduria”? o ¿qué revela el hecho de que en el cuello del futbolista Paolo Guerrero (Alianza Lima) se lea, en enormes letras manuscritas, una palabra de solo dos letras que contiene, sin embargo, un pasmoso error ortográfico (“Fé”)?
¿Qué evidencian los errores de un medio local?, (“Incencio en el Panecillo”), de un centro de educación superior, (“Doctorados y maestrias. Únete a una universidad de excelencia académica”) o de una institución pública, (“¿Quiero contarte cómo fue construída la marca ciudad”)? ¿Qué particularidades de una época y de una sociedad salen a flote de esa manera?
“Un error ortográfico en el letrero de un restaurante o en la publicación de un emprendimiento te muestra la realidad que vive el país. El hecho de que no se invierte en educación se refleja en estas cosas -dice María Fernanda Égüez, miembro de la Asociación de Correctores de Textos del Ecuador-. No es lo mismo que se equivoque un emprendedor, que tiene un presupuesto ajustado, que una institución con recursos y equipos, pero que no los aprovecha”.
Para sacarles partido a estas blasfemias lingüísticas y promover el uso adecuado del lenguaje escrito, la Acorte organiza desde 2012 la Caza de erratas. Este concurso premia las fotos de los errores más llamativos encontrados en el espacio público y en la virtualidad. Las categorías abarcan gazapos en textos de instituciones públicas y privadas, como los antes mencionados, así como en letreros y grafitis.
“La idea no es condenar los errores de otros -dice Egüez-, sino generar un aprendizaje para no cometerlos”. El concurso también grafica cómo muchas entidades prescinden de correctores profesionales, algo que se ha acentuado con el uso de inteligencias artificiales.

La normativa de las lenguas garantiza una comunicación clara y consolida un código accesible para todas las personas, ya sean emisoras o receptoras de un mensaje. Lo anterior parece sencillo cuando se trata de llenar un formulario o de redactar un menú: pueden ocurrir malentendidos, pero serán benignos. Al leer “Taco de niño” debajo de “Papas fritas” en la carta de un restaurante, entenderemos que no se trata de un plato preparado con carne de niño, sino de una opción para menores de edad.
Pero cuando hablamos de documentos que usan un lenguaje especializado -la Constitución, los decretos ejecutivos, el procedimiento para hacer una denuncia o el prospecto de un medicamento-, ceñirse a la normativa es clave para que datos sensibles lleguen sin ambigüedades a los lectores, pues conocerlos es su derecho. Se trata de democratizar la información y el conocimiento. En ese sentido, acoger las normas de la ortografía y la gramática es darle al “otro” algo que podrá decodificar de forma inequívoca. Como dice Égüez, “es reconocerlo”.
Por otro lado, subvertir la norma -de forma deliberada, no involuntaria- también es un poderoso gesto político, como el caso del lenguaje inclusivo, que sustituye las vocales del masculino genérico por “x” o por “e”.
También son válidos los términos propios de ciertas variantes de un idioma, aun si hay quienes toman las recomendaciones de la Real Academia de la Lengua Española como mandamientos y, en consecuencia, expurgan a la lengua de sus matices más ricos: aquellos que le imprimen información sobre las diversas realidades sociales, geográficas, culturales, generacionales, políticas e idiosincráticas.
A propósito de esto, la Nueva gramática de la lengua española, gracias al trabajo de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, reconoce las construcciones sintácticas influenciadas por el kichwa, como “dame trayendo”. A pesar de que sea algo en lo que se debe insistir, los diccionarios no son el punto de partida de la lengua sino el de llegada: los términos y sus usos se incluyen en sus páginas solo después de que se han arraigado y legitimado en el habla, y no viceversa.
Como nota al pie de página, las instituciones y los medios de comunicación que de algún modo son referentes en sus campos se beneficiarían enormemente si contrataran a un corrector. Podrían incluso ahorrarse ser protagonistas de las fotos o capturas de pantalla que ganen la Caza de erratas del próximo año.

