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El espectáculo no empieza dentro de la carpa, sino durante la espera, mientras un aire, que huele a aserrín mezclado con algodón de azúcar y manzana acaramelada, envuelve a los asistentes. El misterio, la agilidad y la colorida extravagancia son la promesa que aguarda en el interior.
Desde las primeras piruetas gimnásticas de Philip Astley sobre sus caballos, en 1768, el circo ha sido un espectáculo que convoca a miles de personas. Si bien los combates con bestias, la comedia y las acrobacias han existido desde la Antigüedad, el circo moderno aparece en el siglo XVIII. Las ferias itinerantes, los gabinetes de curiosidades, los teatros de rarezas formaban parte de la diversión cotidiana. En el Londres de aquella época, la burguesía ilustrada se congregaba para ver animales exóticos y admirar cuerpos humanos atravesados por el exceso: demasiado fuertes, peludos, pequeños, altos, elásticos, en suma, cuerpos raros.
En el siglo XVIII una crisis en el financiamiento de los teatros londinenses dejó a muchos artistas escénicos sin espacios de trabajo. Philip Astley, militar con licencia, creó un espectáculo que combinaba la destreza de sus pupilos de equitación con bailes y música, sobre una pista circular. Tras el éxito de la Astley’s Riding House, los circos se multiplicaron en Inglaterra y se volvieron populares en Europa y América.
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