
Frank McNamara, Ralph Schneider y Casey R. Taylor fundaron en 1950 la primera compañía independiente de tarjetas de crédito en el mundo: Diners Club. Y en su dilatada trayectoria, el Ecuador figura como un caso singular de éxito, único país donde es líder en su mercado. Esta es su historia.

Es bien conocido que la primera tarjeta de crédito moderna surgió por un olvido, cuando, en 1949, Frank McNamara echó mano a su bolsillo para hacer de anfitrión en un restaurante de Nueva York y —¡oh, no!— se percató de que había dejado la cartera en casa. El director de la Hamilton Credit Corporation tuvo que llamar a su esposa, que acudió presta en su auxilio para salvarle de tan bochornosa situación. Y a raíz de aquello empezó a idear un sistema que permitiera pagar en los comercios sin que fuera necesario portar dinero en efectivo. Apenas unos meses después, el visionario McNamara pagaba en ese mismo lugar (el Major’s Cabin Grill, a solo una cuadra del icónico Empire State Building) con una Diners Club. Era un pedacito de cartón que identificaba al usuario con nombre y apellido, domicilio, un número de socio y una fecha de vencimiento. A finales de 1950 ya había veinte mil usuarios de la tarjeta y, dos años después, los miembros del selecto Club de las Cenas ya eran sesenta mil. Diners Club creció durante casi una década sin competencia hasta que en 1958 aparecieron American Express y Banco Americard, hoy VISA; e inició su internacionalización desembarcando en Reino Unido, Canadá, Cuba y México. En 1967, 130 países aceptaban la Diners como medio de pago.
Frank McNamara cambió el mundo de las finanzas cuando inventó la primera tarjeta de crédito moderna en 1950.
No es tan conocido, sin embargo, cómo llegó Diners Club al Ecuador. Una historia de sueños y esfuerzos recompensados desde que, en 1968, un joven abogado quiteño decidiera embarcarse en una singular y arriesgada aventura. Hablamos de Fidel Egas Grijalva, fundador de Diners Club Ecuador y actual presidente del Banco Pichincha, que atesora como uno de sus recuerdos más preciados el consejo que le dio entonces su progenitor: “Eso de dar dinero a gente que no conoces para cosas que no sabes cuáles van a ser y luego cobrar… me parece un negocio muy tonto”.
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