La educación ecuatoriana promete futuro, pero enseña con la mirada puesta en el pasado. ¿Cómo llegamos aquí?
Históricamente, la educación ecuatoriana ha sido un reflejo de los intereses políticos y económicos de cada época. Como señala Milton Luna Tamayo, autor y editor del libro Educación y ciencia en Ecuador 1830-1940: entre la modernidad y la colonialidad, el sistema de enseñanza surgió como un proyecto lleno de ideales, pero también cargado de contradicciones. Los diversos ensayos que conforman la mencionada obra muestran cómo las políticas educativas aspiraban a formar ciudadanos libres e ilustrados, aunque en la práctica perpetuaban las jerarquías y exclusiones heredadas de la Colonia. Así, mientras en teoría se hablaba de modernización e inclusión, en la realidad, el acceso al conocimiento seguía dependiendo de la clase social y del control político y religioso del momento.
Uno de los primeros intentos de modernización fue la aplicación del método lancasteriano, importado desde Inglaterra para educar a las masas. Se entrenaba a los alumnos más hábiles para que enseñaran a los demás, mientras se imponía un régimen de disciplina férrea basado en obediencia y orden. Sin embargo, este modelo no trascendió debido a la reproducción de exclusiones y desigualdades coloniales. Por ejemplo, se instauró un proceso de blanqueamiento en el que la educación buscaba “civilizar” a la población indígena mediante la religión y la moral cristiana.
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