
Los centros de coworking empezaron a funcionar hace casi quince años en Quito. ¿Por qué se han mantenido? Su secreto tiene que ver con su capacidad para unir a personas de distintas profesiones e intereses en un tiempo en el que se tiende a trabajar solo conectado a una computadora y en total aislamiento.
Son las 9:00 de la mañana. Maria José Castro camina por el bulevar de la avenida Naciones Unidas con su mochila en la espalda. Dentro está su computadora portátil. Camina deprisa, como si tuviese que timbrar su horario de llegada en alguna oficina. En realidad, va a un centro de coworking a pocos metros de la Plataforma Gubernamental Norte.
Su historia arranca en la pandemia. En aquel tiempo estaba en una empresa que redujo buena de parte de su personal por falta de ingresos. Desde entonces, María José se dedicó al trabajo en línea.
Sin embargo, al terminar los confinamientos por el covid, no quiso seguir en casa. Buscó lugares para seguir como autónoma, pero sin permanecer en aislamiento. María José se dio cuenta de que salir de su casa le permitía crear una rutina y conocer gente nueva.
Breve mapa de coworkings quiteños

Fuera de los centros de coworking en los alrededores del parque de La Carolina, María José Lasso también ha estado en algunos del barrio La Floresta. A ese sector le parece que acude mucha gente de profesiones creativas.
Así, en la avenida Madrid y Lugo, se encuentra Zindagi Coffee, una cafetería con temática de la India que se concibió para crear comunidad a través del arte. Por supuesto, hay un espacio de trabajo remoto. El lugar tiene el aroma dulce del cardamomo que colocan en algunas de sus especialidades. Y, de hecho, varias personas coinciden en que la comida es una de sus grandes ventajas, ya que es posible comer sin interrumpir las tareas.
Ana López, dueña de Zindaggi, comenta que tuvo la idea de colocar un coworking dentro del café porque ella misma fue usuaria de aquellos servicios, pero quiso crear uno con mayor sentido de comunidad y abierto para estudios o talleres. De hecho, se ofrecen allí varios de pintura de mandalas y danza.

Impaqto también tuvo una sede en La Floresta. El local estaba repleto de árboles y pinturas. Hoy, sin embargo, sus puntos se encuentran en zonas como La Carolina, el Quicentro Shopping, Cumbayá o, fuera de la capital, en Cuenca.
María Eugenia Gallegos, líder de coworking de esta organización, dice que entre su público aún se incluyen los emprendedores y los startups, pero cada vez hay más corporaciones que buscan una forma de trabajar mucho más flexible. “Las empresas ya no necesitan una oficina tradicional para toda su organización; requieren espacios donde sus equipos puedan reunirse, trabajar determinados días, recibir clientes o simplemente encontrarse y fortalecer sus vínculos”, dice.
Cada sede tiene una ‘personalidad’ relacionada con su entorno. Cumbayá es el preferido por profesionales y empresas que buscan evitar largos desplazamientos hacia el hipercentro, mientras que en los de La Carolina el elemento corporativo industrial es predominante.
Al sur de Quito, está el Coworking StartUPS en San Bartolo, adonde estudiantes y maestros de la Universidad Politécnica Salesiana así como colectivos locales acuden para desarrollar proyectos científicos, artísticos o comerciales. En este espacio, además, los maestros de la institución ofrecen programas de mentoría.
Por otro lado, el Municipio de Quito a través de ConQuito patrocina algunos coworkings. Durante la crisis energética de 2024, se alcanzaron dieciocho puntos con conexión a internet y computadores, a los que se podía acceder de forma gratuita solo mediante registro electrónico. Hoy, uno de los más grandes funciona en el mismo edificio de La Mariscal en el que estuvo el hotel Selina hasta 2025.
Sentido de comunidad

En California, Brad Neuberg instaló el primer coworking en 2005. La idea era sencilla: tener un sitio en el que se pudiera trabajar solo, sin perder el sentido de comunidad.
A Quito, sin embargo, el concepto llegó mucho después, en 2014. En aquel año, Impaqto abrió su primera sede en la avenida República de El Salvador. La meta era conectar a las personas que emprendían en negocios propios.
María Eugenia Gallegos explica que entonces esa modalidad de empleo “estaba asociada a emprendedores, freelancers (trabajadores autónomos) y startups (empresas emergentes) que buscaban una alternativa más flexible y accesible que una oficina tradicional”.
La idea tuvo acogida y para 2017 la Corporación de Promoción Económica ConQuito, enfocada en el desarrollo productivo de la capital, mapeó quince espacios dedicados de aquel tipo. Incluso, un año después se instaló en el sector de La Mariscal la cadena internacional de hoteles Selina, la misma que apuntaba a trabajadores digitales y que, entre sus servicios, ofrecía un salón de coworking abierto tanto para huéspedes como para quiteños.
Pero este arranque se potenció tras la pandemia. Según Gallegos, las personas y las empresas comprendieron que no era necesario ir a diario a la oficina para ser productivo. De modo que, a diferencia de lo que ocurría antes, los centros de trabajo remoto dejaron de ser un espacio casi exclusivo para autónomos y ahora están mutando a un modelo en el que conviven ellos con las corporaciones.
Según lo explican los académicos Ferhat Demir y Martin Lukes, para estas últimas la ventaja es que en los coworkings tienen acceso a redes de profesionales e investigadores fuera de su propia organización lo que se revierte en colaboración y mejores resultados. Y, por otro lado, al no mantener a sus empleados en un solo lugar abaratan los costos de mantenimiento en tiempos de crisis económicas y energéticas.
¿Hacia dónde van los coworkings?

El Journal of Occupational Health publicó un artículo en 2024 sobre el trabajo remoto en los tiempos de la pandemia. En él se menciona que, pese a las comodidades de estar en casa, se generaron problemas como sensación de aislamiento y la falta de una línea clara entre el espacio y el tiempo dedicados a la vida laboral y privada.
Por eso María Eugenia Gallegos dice que una persona no paga por un escritorio o internet en un coworking. Aquello quizá ya lo tiene en su casa. Lo que busca es la posibilidad de pertenecer a un entorno donde sea posible encontrar un socio, un cliente o solo alguien que, a través de una charla, ofrezca nuevas perspectivas.
De hecho, Colin Lescarret, Céline Lemercier y Valérie Le Floch, investigadores afiliados de la Universidad de Toulouse, escriben que cumplir las tareas en un centro de trabajo remoto ayuda a mejorar la productividad pues en casa existen demasiadas distracciones. Por otro lado, la oficina entra en conflicto con la independencia que anhelan muchos trabajadores tras la pandemia.
Si bien antes de aquella crisis de salud los coworkings tenían su público en los startups y los trabajadores autónomos, hoy están evolucionando para llegar a las empresas porque abaratan costos y se adaptan mejor a un ecosistema laboral que tiende a la flexibilidad.
Por ejemplo, en enero de 2026 Multitrabajos publicó un estudio donde indica que aun cuando hoy 67% de los trabajadores encuestados en el Ecuador todavía prefieren una oficina, el 53% no creen que ese sistema sea sostenible a largo plazo por temas como gastos y tiempo de movilización.
Y el mismo estudio dice que el 64% de los especialistas en recursos humanos locales creen que un modelo híbrido entre trabajo remoto y oficina se impondrá en diez años para conseguir un equilibrio entre bienestar y productividad y entre un empleado hiperconectado y su necesidad de relacionarse con otros de forma directa.

