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Recorrimos la experiencia de cuatro clubes de lectura en Colombia, Ecuador y México, que para muchas mujeres se han convertido en espacios seguros y de afectuosa contención para liberar la propia voz.
Cerrar el libro y seguir con la vida
En su Manifiesto por la lectura (2020), Irene Vallejo habla sobre la oralidad que acompaña la práctica de la lectura de las mujeres, en la que es fácil reconocer “a la persuasiva Sherezade, pero también a la protagonista de una leyenda nacida en la tradición oral francesa, ‘La madre de los cuentos’, donde una joven aprendía el arte de narrar escuchando el susurro del viento entre los árboles. Al regresar a casa con el bagaje de las historias aprendidas de los álamos, de las hayas y de los robles, el embrujo de su voz lograba enmudecer la vara con que, día tras día, la golpeaban”.
Enmudecer la vara con la que son golpeadas; hacer una introspección que de otra manera o en otras circunstancias tal vez sería imposible; enfrentar en un espacio inédito los dolores, las cargas y los miedos; repensarse a la luz de la literatura y las conversaciones que esta suscita. Es la potencia —para algunos, impensada— de los clubes de lectura en la vida de muchas mujeres.
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