
Con la migración venezolana han llegado talentos de diferentes tipos, entre esos, potentes beisbolistas. Uno de ellos es un chico que vino al Ecuador hace siete años y en los últimos tres meses se preparó para representar al país en un torneo internacional. Para lograrlo aceptó pernoctar en un estadio.
La luz que entra por la ventana de un cuarto ubicado debajo del graderío de una tribuna lo despierta cada mañana. Lo primero que ve en el día son las formas geométricas de la parte inferior de esos escalones. Duerme ahí, en un estadio con capacidad para ocho mil personas, en una cama de una plaza y cuarta, acomodada en aquella pieza donde antes funcionaba una oficina. Un ambiente de unos diez metros cuadrados, blanco; el baño, fuera de la habitación, también da servicio a otras oficinas.
“Con tal de seguir con mis entrenamientos y jugar béisbol”, dice Raúl Camacho, un joven de 18 años, venezolano que llegó en 2017, mientras se prepara para representar al Ecuador en la Serie Mundial de Béisbol de la Pony League, en Texas, Estados Unidos. El único con nacionalidad extranjera de ese equipo.
Vivir ahí es parte de un tramo un tanto incómodo, que transitó con esperanza, de un camino que hizo propio, en un trayecto que empezó junto a sus padres siete años atrás.
La salida
Era 2017. Reencontrarse con su papá, tres años después de que este partiera, le permitió a Raúl Camacho reponerse del desconsuelo que sintió cuando él también abandonó ese espacio familiar, en el estado de Falcón, Venezuela; a los 11 años. Iniciaba un recorrido que lo trasladó a un mundo ajeno donde, aunque le parecía imposible de creer, el béisbol era casi una palabra desconocida.
Salió de Venezuela con su madre de 38 años, y su hermana de 17, por razones que, a su edad, no lograba entender. Todo había sido muy confuso cuando su padre se despidió, en un tiempo en el que sus padres lamentaban que el dinero no alcanzaba ni para comprar comida, a pesar de que ambos eran profesionales y tenían empleo: él era director en una universidad y ella profesora de la misma institución.
El padre, siguiendo los pasos de un hermano, se fue a Esmeraldas, capital de la provincia del mismo nombre, al norte del Ecuador, frontera con Colombia. Ahí consiguió empleo como administrador de un hostal. Cuando se unió el resto de la familia, la madre y la hermana se encargaron del arreglo y limpieza de las habitaciones. Raúl se convirtió en el niño que limpiaba la piscina.
Su propio camino
El menor de los Camacho inició su vida en Ecuador con frustración, ante la idea —por lo que veía en su entorno— de que en este país no había diamantes, como se conoce a las canchas de béisbol, un deporte que es su pasión desde que tiene memoria.
Para los venezolanos esta actividad es mucho más que un entretenimiento deportivo. “Es una metáfora de su vida social”. “Es un catalizador social que ha brindado oportunidades y esperanza a las comunidades desfavorecidas”, señalan fuentes académicas y de divulgación de esta disciplina.
Una coincidencia lo llevó al encuentro con ese deporte en este país, un día, en Esmeraldas, cuando vio en la calle a alguien con un bolso de equipo de béisbol. También lo conectó con Roberto Cárdenas, un entusiasta entrenador colombiano que impulsaba esa disciplina y el softbol en esa ciudad. El preparador identificó en el pequeño un talento inusual en el entorno local y lo recomendó con un instructor del colegio Americano de Guayaquil, quien lo llamó para que participara en ciertos eventos.
Raúl viajó a esta ciudad varias veces y descubrió que era el epicentro del béisbol en Ecuador; sin embargo, no podía quedarse ahí, era solo un niño y su familia vivía en Esmeraldas.
Creció alejado de los torneos, pero se mantuvo activo: se vinculó a otros deportes: voleibol y remo. Con el último integró un equipo y participó de una competencia en Guayaquil. El béisbol le había enseñado “que siempre hay que estar haciendo algo”, a mantener la disciplina.
A los 15 años volvió al epicentro del béisbol, jugó en ligas locales y en un equipo tradicional de la ciudad. A inicios de 2022 se graduó como técnico en Mecánica Industrial.
La inseguridad que llevó a Esmeraldas a convertirse, ese año, en una de las provincias más violentas de un Ecuador que se sumergía en el narcotráfico, le quitó a su entrenador y amigo: Roberto Cárdenas fue asesinado al intentar robarle el carro. Por ese ambiente de violencia, la familia Camacho volvió a emigrar. Se asentaron en Quito, donde la hija mayor estudiaba en la universidad.
Los padres encontraron trabajo como docentes de Estadística, Matemáticas y Física. Fue un tiempo en el que sufrieron tratos xenófobos, asegura Raúl, algo que en Esmeraldas no habían experimentado. Ocurrió cuando buscaban trabajo pero, sobre todo, cuando intentaban alquilar una vivienda. No los aceptaban por ser venezolanos.
El joven volvió a Venezuela para tramitar su pasaporte, visitar a familiares y reencontrarse, aunque sea momentáneamente, con el béisbol: entrenó en una academia aprovechando la gratuidad de la formación deportiva en su país.
De vuelta al Ecuador, se topó con la convocatoria a las pruebas de preselección de la Asociación de Béisbol del Guayas, para conformar el equipo de la categoría U19 y representar al país en una serie mundial, en Texas, Estados Unidos. Él fue uno de los escogidos.



Jugar con los mejores
Jack Aragundi dirige la Asociación de Béisbol del Guayas y recuerda los prejuicios que había respecto a los jugadores de Venezuela. “Me dijeron que había que poner límites para que no jueguen los venezolanos, yo les pregunté por qué y la respuesta fue: ‘Es que son muy buenos’. Entonces, dije: ‘No, es al revés, tenemos que jugar con los buenos, no con los malos, para tener un mejor nivel’”.
La asociación que preside Aragundi tiene a su cargo la administración del estadio Yeyo Úraga, que pertenece a la Federación Deportiva del Guayas, y, complacido, comenta que en esa sede deportiva viven jugadores de esa nacionalidad “que son un espectáculo”.
Se refiere a un huésped: Raúl Camacho.
Para dirigir las pruebas clasificatorias y los entrenamientos de esta selección, la Asociación contrató a un profesor que vive en Venezuela y jugó en las Grandes Ligas, en Estados Unidos. “Es la manera de trabajar en el desarrollo deportivo, trayendo a los mejores”, dice Aragundi.
El sueño de un chico
Raúl Camacho mantuvo una práctica diaria de ocho horas: cuatro con el instructor y cuatro por su cuenta, con un amigo venezolano, en otra cancha.
Un entrenamiento intensivo no es lo único que necesitan estos deportistas. La contienda en Estados Unidos está a nivel de alto rendimiento, pero la alimentación de este joven pelotero no respondía a esa demanda. En los días previos al torneo, su desayuno era pan con queso y jugo, que compraba en una tienda del barrio; almorzaba “algo por ahí en un comedor” y merendaba un pan con jamón. Sus padres le envían dinero que él debe estirar “para que alcance todo el mes”.
También hay recursos limitados en los entrenamientos. “Necesitamos más pelotas y bates para poder practicar a máximo nivel”, observa Raúl.
La Asociación se sostiene con autogestión. “Si tuviéramos recursos del Estado por resultados, digamos, podríamos llegar más lejos”, plantea Aragundi.
En el campo de juego este pelotero ocupa dos posiciones: es pitcher (lanzador) y outfield (jardinero). A pesar de haber pasado años sin entrenar y de las limitaciones en su preparación, su juego tiene características competitivas: su lanzamiento alcanza 84 millas por hora en recta, y en curva, hasta 75 millas por hora. A nivel universitario, el promedio de velocidad oscila entre 85 y 95 millas por hora.
El torneo se acerca, aún falta superar el trámite de las visas a Estados Unidos. Raúl Camacho dice que quiere llegar a las Grandes Ligas, como soñaba cuando era niño en Venezuela, o ganar una beca universitaria en ese país. Un deseo que pueden hacer realidad los cazatalentos que acuden a estas competencias.
Repentinamente, dos días antes del evento en Texas, aquel anhelo se desvaneció. “No les dieron visa a dos jugadores ni al entrenador y decidieron que no viajemos”, cuenta Raúl, unos días después mientras camina por el hall del Yeyo Úraga.
¿Qué viene ahora? “Han pasado tres meses, pero me quedaré un tiempito más, me pidieron que juegue unos torneos”. Se resiste a dejar el béisbol, pero sabe que es hora de empezar otro camino. Nuevamente. Mientras —dice— “buscaré un trabajito”.
*Esta pieza periodística es resultado de las Becas para la cobertura de la migración en Ecuador, otorgadas por la Fundación Gabo en alianza con el Banco Mundial y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con el apoyo del Gobierno de Canadá y de la Oficina de Población, Refugiados y Migración del Gobierno de los Estados Unidos.
Las opiniones, análisis y conclusiones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente la posición oficial de las instituciones que apoyan este trabajo.

