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Mundo Diners al día

Canchas migrantes

por Tali Santos

Venezuela
Liga de Softbol de Cotocollao. Estadio de la Liga Barrial La Ofelia, en la parroquia Cotocollao, en Quito. Foto: Estuardo Vera.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

De aquí para allá han andado migrantes venezolanos en Ecuador en sus intentos por hallar canchas para practicar softbol. Ha ocurrido en ciudades andinas donde este deporte resulta extraño y los desencuentros culturales han quedado al descubierto.

En un potrero al que llegan borregos a pastar, en el parque donde operó la pista del aeropuerto de Quito, en una base militar o en la cancha de fútbol de una liga barrial. Cualquier lugar abierto, con ciertas dimensiones, sirve para colocar las tres bases y el home que forman un diamante para jugar softbol.

Es válido para grupos de persistentes migrantes venezolanos en Ecuador que, a donde van, llevan consigo la pasión por ese deporte.

La pelota incómoda

Juan García y Luis Hernández son dos venezolanos que lideran la práctica de esta disciplina en Quito y Latacunga, respectivamente.

García tiene 42 años y llegó al Ecuador en 2015. Es licenciado en Seguridad Industrial y, antes de emigrar, trabajó en la Universidad de Carabobo, una ciudad en el centro norte de su país.

Al llegar invirtió en un pequeño restaurante que se convirtió en su sustento hasta conseguir trabajo en su profesión. Paralelamente, rastreó espacios para practicar softbol, esa derivación del béisbol que se juega en canchas más pequeñas y se lanza la bola por debajo del hombro. Él quería organizar competencias.

En Venezuela —cuenta— participó en los Juegos Nacionales Universitarios y logró siete títulos. Allá se implementan planes de recreación y uso eficiente del tiempo libre y él participó en el diseño de los programas en softbol de su universidad. “Estuve ligado como dirigente técnico en varias facetas, hasta que emigré acá”, cuenta.

Inicialmente, él y otros migrantes jugaban este deporte en el parque Bicentenario, la pista del antiguo aeropuerto en el norte de Quito. Divulgaban sus actividades en redes sociales como Facebook, lo que atraía público de nacionalidades aficionadas a ese deporte: nicaragüenses, cubanos, dominicanos y venezolanos. Sin embargo, no eran bien vistos por los locales: la pelota que salía disparada por los batazos incomodaba a quienes, por ejemplo, paseaban con sus perros.

Por un amigo que tenía un contacto en la Agregaduría Militar de la embajada de Venezuela, que contaba con acceso al Gobierno ecuatoriano, García y sus compañeros pudieron ingresar a unas instalaciones de la Fuerza Aérea Ecuatoriana (FAE), para realizar sus prácticas y torneos de softbol. Ahí estuvieron año y medio. Fue el inicio formal de las ligas de ese deporte en Quito.

Hubo cambio de mando en el Gobierno ecuatoriano y la autorización de acceder a ese establecimiento terminó. Un amigo cubano consiguió permisos en el Municipio y los peloteros regresaron al Bicentenario, donde volvieron a verse en medio de confrontaciones con otros usuarios del parque. Siguieron ahí durante un par de años hasta que la policía metropolitana de una nueva administración municipal les pidió que se marcharan.

Nuevamente, a buscar otro espacio… Pero han logrado estabilidad. Actualmente, en Quito hay dos ligas de softbol que juegan en canchas de fútbol de ligas barriales: una en Cotocollao, parroquia ubicada en el noroccidente, y otra en Llano Grande, una comunidad en la parroquia Calderón, en el nororiente.

Aún lidian con ciertos problemas, les resulta costoso jugar cerca de un lugar poblado; en un espacio sin mallas protectoras, las pelotas salen disparadas, ya han roto varias ventanas de un hospital cercano y han tenido que pagar por los daños.

Entre borregos

Luis Hernández tiene 43 años, es licenciado en Administración. Llegó a Latacunga en 2018, una ciudad de 77 000 habitantes, a 2860 metros sobre el nivel del mar. Ha pasado cuatro años luchando por un sitio estable que permita mantener una liga de softbol.

Al igual de lo ocurrido en Quito, fue un cubano quien lo ayudó a organizar los equipos. Él los invitó a jugar cuadrangulares en las ligas de la capital, en las que participan migrantes asentados en Ibarra, Riobamba, Latacunga y Ambato, ciudades del norte y centro de la Sierra ecuatoriana. No lograron asistir, resultaba muy costoso.

En la pandemia, encontraron un espacio gratuito para practicar su deporte, la quinta Estados Unidos, donde acudía gente a mirar aquel juego extraño. También a consumir y vender bebidas y comida.

Estas ventas ayudaban a los deportistas para comprar los costosos implementos; sin embargo, ese lado comercial generó confrontaciones. Como en una telenovela venezolana, según Hernández, hubo celos —no de parejas, sino del negocio— con la gente local. Ellos, al ser extranjeros, tenían las de perder, los sacaron llamándolos “venezolanos bulliciosos”.

Fueron a otra cancha, al norte de la ciudad. Allí las pugnas vinieron de la mano de la venta de cerveza. Por lo que el dueño les aumentó el valor que pagaban a $150 mensuales, por adelantado. Pero ellos no aceptaron.

Eso fue en 2022. Migraron con su juego y sus competencias, su comida y su cerveza a un potrero frente al aeropuerto de Latacunga, donde a veces pastan borregos. Ahí jugaron hasta hace unos cuatro meses, cuando empezaron otra vez los conflictos. Recibieron —cuenta Hernández— visitas de Migración, la Intendencia, el Municipio. Les dijeron que no podían continuar los torneos, que necesitaban permisos.

A pesar de todas las dificultades, Hernández cree que el softbol ha ayudado a que muchos ecuatorianos los conozcan. “Antes lo veían a uno como raro, solamente al hablar, como si uno fuera extraterrestre. Ahora ya se han acostumbrado a vivir con venezolanos y nosotros con ecuatorianos”.

*Esta pieza periodística es resultado de las Becas para la cobertura de la migración en Ecuador, otorgadas por la Fundación Gabo en alianza con el Banco Mundial y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con el apoyo del Gobierno de Canadá y de la Oficina de Población, Refugiados y Migración del Gobierno de los Estados Unidos.

Las opiniones, análisis y conclusiones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente la posición oficial de las instituciones que apoyan este trabajo.

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Acerca de Tali Santos

Periodista. Especializada en temas ambientales, con énfasis en cambio climático y mujeres. Ha sido editora en el diario El Universo y es autora del libro de crónicas de Guayaquil Ciudad anónima.
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