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Las brujas voladoras de Mira

por Fernando Hidalgo Nistri

brujas mira
Ilustraciones: ® MARÍA JOSÉ MESÍAS
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

Esta es la historia de unas brujas voladoras del cantón Mira, en la provincia del Carchi, que pueden ser las descendientes de un contingente de hechiceras expulsadas de España.

Tal como muchos antropólogos ya lo han señalado, el Ecuador es un país donde lo real maravilloso y lo mágico campean a sus anchas. Desde luego, su singular geografía ha sido propicia para generar misterio y hechos extraordinarios o prodigiosos. Hay que ver la cantidad de topónimos que llevan el nombre de “encantado”.

Pero también han hecho acto de presencia numerosos personajes extravagantes a los cuales se les han adjudicado poderes y cualidades fuera de lo común. Solo por citar unos cuantos, ahí están los brujos de Santa Elena o las Arias, esas brujas que alborotaron al viejo poblado de Arance. Por último, también se ha alertado de la existencia de un núcleo de hechiceras, que durante muchos años causaron estragos en la población de Alausí y alrededores.

Un pueblo singular

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Empecemos diciendo que Mira ha gozado desde siempre de la condición de pueblo mágico y misterioso. No se trataba, pues, de un lugar común como tantos otros, sino de uno propicio para que sucediera lo maravilloso. Tal como destaca un testimonio que recoge Amaranta Pico, se trataba de una “ciudad encantada” donde solían ocurrir hechos extraordinarios e inexplicables. Una buena prueba de la condición de excepcionalidad de la comarca era el caso de ciertos forasteros que iban a Mira y no podían regresar a casa. Resultaba que por alguna razón llegaba un momento en el que el poblado se convertía en una especie de laberinto del cual no podían salir.

Pero en realidad la fama de pueblo mágico le vino dada por las Voladoras, una legión de mujeres que, como las brujas europeas, tenían la capacidad de volar por las noches y realizar hechos prodigiosos. Gracias al testimonio de los moradores de poblaciones cercanas, estos personajes todavía seguían activos hacia comienzos del siglo XX. Muchos son los testimonios, sobre todo de personas mayores que confirman los avistamientos de estas excepcionales mujeres.

Detrás de la aparente normalidad y tranquilidad que reinaba en Mira, solían ocurrir hechos paranormales que carecían de cualquier explicación lógica. Todas las anomalías que allí se producían llevaban a pensar que en Mira las leyes de la física hacían una excepción. Para sus moradores resultaba del todo incomprensible cómo ocurrían estos prodigios. Al fin y al cabo se trataba de un pueblo sencillo, fielmente católico y venerador de su patrona, la Virgen de la Caridad.

El origen de las Voladoras

No se sabe bien desde cuándo, pero el hecho es que la comarca carchense ha sido tenida desde siempre como el refugio de las brujas voladoras. Aunque parezca extraño, su origen data probablemente del siglo XVII. Según sostiene Josep Fericgla, un antropólogo muy conocedor de estos temas, el Ecuador actual habría sido el destino de un grupo de brujas españolas que la Inquisición había capturado y retirado de circulación. Presumiblemente, y después de un largo vagabundeo, las hechiceras habrían terminado instalándose en el viejo Mira. Ahí, lejos de reformarse, siguieron practicando sus artes brujeriles.

La suposición de Fericgla muestra cómo muchas prácticas, fórmulas mágicas y ademanes de estas brujas concuerdan inequívocamente con las registradas en España. El antropólogo encuentra numerosas evidencias que revelan una línea de continuidad ininterrumpida entre la tradición del Viejo Mundo y las prácticas brujeriles ecuatorianas. Concretamente cuando las Voladoras iban a tomar impulso para elevarse, pronunciaban una fórmula mágica que también era utilizada por sus pares españolas: “De villa en villa, sin Dios ni santa María”. También la curiosa costumbre de untarse las axilas con vaselina antes de emprender el vuelo fue una técnica que los estudiosos han registrado en los rituales de las hechiceras medievales.

Un dato interesante es que las brujas en cuestión convivieron con la población local y hasta contrajeron nupcias con los vecinos, de modo que dejaron de ser forasteras y se integraron plenamente en el pueblo. Buena prueba de ello es que, según los testimonios orales de pobladores de Mira, existían lazos de parentesco con las Voladoras. Muchos de sus vecinos solían enterarse, al cabo de un tiempo, de cómo nietas o parientas cercanas “habían resultado ser brujas”.

Las Voladoras, a diferencia de sus pares europeas, no eran esas mujeres feas, llenas de verrugas y con narices prominentes, sino todo lo contrario, se destacaban por su belleza. Lejos de estar vestidas con esos trajes negros y raídos, tal como aparecen en las producciones de Disney o del imaginario europeo, lucían radiantes con unas túnicas impecablemente blancas. Asimismo, no parece que se dedicaban a hacer el mal, sino que simplemente tenían como una diversión volar y pasear surcando los cielos. Que se sepa, no hay un solo relato de los pobladores de Mira y alrededores donde se las acuse de haber cometido algún maleficio.

Prodigios y hechos anómalos

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De las cosas más extrañas, atribuidas a estos personajes, es su capacidad de volar largas distancias y eso sin la ayuda de la consabida escoba. Resulta que estas mujeres solían transformarse por las noches y, no se sabe bien cómo, emprendían un vuelo con destinos jamás revelados. No obstante, parece ser que el territorio por donde se movían abarcaba un triángulo cuyos vértices coincidían con las parroquias de Mira, Pimampiro y Urcuquí. Pero en ocasiones también era posible verlas en Ibarra y lugares aledaños. De todas maneras los avistamientos eran más frecuentes en fechas especiales como en la de las Cruces de Mayo o en las noches de luna llena. Desde luego, y como personajes marcados por la oscuridad, sus tiempos eran las nocturnidades, mientras que por el día se refugiaban en las rutinas cotidianas. El don de volar era exclusivo de las mujeres; esta destreza solo se podía transmitir a las hijas y los varones quedaban excluidos. Como señala el testimonio recogido por la antropóloga Amaranta Pico, si la madre era Voladora, tenía que enseñar a sus hijas las artes en cuestión.

Las bellas Voladoras también se daban tiempo para divertirse y para ello organizaban grandes jaranas en las que participaban los hombres del pueblo. Cuando las fiestas alcanzaban los picos de intensidad, las autoridades solían intervenir, pero las muy pícaras convertían a los hombres en gallos o en cabezas de plátanos. Así, pues, cuando entraba la policía no encontraba ningún indicio de desbarajuste o alteración del orden. Luego, y una vez que la autoridad se retiraba, la bulliciosa juerga continuaba como si nada.

De entre los tantos hechos prodigiosos que se atribuyen a las Voladoras, está su condición de mensajeras. Desde tiempo de la Independencia los pobladores de Mira solían conocer las noticias con una brevedad inusual. En una época en las que los malos caminos y la deficiencia de las comunicaciones retardaban la llegada de cualquier novedad, los mireños se enteraban de ellas en un lapso sospechosamente breve.

Según un testimonio oral recogido por Amaranta Pico, era sabido que las Voladoras solían llevar a cabo “reuniones” y “conversas” con brujas que venían de “todo el mundo”. Esta especie de aquelarre internacional ocurría presumiblemente en la cima de una montaña cercana a Mira, posiblemente el cerro Iguán. Muy fieles a la tradición europea, en tales encuentros aparecía un “chivo que echaba chispas de lumbre por los ojos”. Por lo visto, una parte del ritual consistía en hacerle reverencias y en besarlo. Sin estos requisitos las brujas mireñas no podían seguir conservando las facultades de volar.

Las Voladoras, sin embargo, tenían sus puntos débiles. Con el tiempo los avispados pobladores de la zona habían aprendido ciertos trucos con los cuales podían contrarrestar sus poderes y tomarles el pelo. En efecto, cuando los más astutos se daban cuenta de que una bruja estaba merodeando por los cielos, ellos se tiraban al suelo formando una cruz. Esa simple acción provocaba que ellas cayeran al suelo. Cuando esto ocurría el hecho solía provocar la risa y la burla de los testigos. Esta práctica, sin embargo, tenía otra importante virtud: la gente podía comprobar la identidad de las brujas. Y es que, según la tradición, una Voladora que caía iba obligatoriamente a pedir sal al día siguiente, algo que ciertamente la delataba.

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Acerca de Fernando Hidalgo Nistri

Licenciado el Derecho por la PUCE. Doctor en historia de América por la Universidad de Sevilla. Publicaciones: -Los antiguos paisajes forestales del Ecuador. Ed. Del Tungurahua, Sevilla, 1995. -La Republica del Corazón de Jesús, Corporación editora Nacional, Quito, 2010. -La conquista del trópico, Editorial PUCE, Quito, 2019. -Exploraciones orientales. Ciencia y política a la conquista de lo salvaje, Editorial PUCE, Quito, 2020. -Traducción y estudio introductorio del viajero norteamericano James Orton. De los Andes al Amazonas, Ed. Puce-Universidad San Francisco.
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