
No disparó ni una sola bala pero fue decisivo en el resultado de la guerra.
La situación estaba volviéndose angustiosa y sin solución a la vista. Y es que diecisiete millones de cartas y paquetes estaban apilados, deteriorándose, en una serie de galpones obscuros y húmedos repartidos por toda Inglaterra. Esas montañas de cartas eran la correspondencia enviada por madres, padres, esposas, novias, hijos y hermanos a los soldados estadounidenses que seis meses antes, en junio de 1944, habían sido desembarcados en Normandía para iniciar desde Francia la ofensiva final hacia Alemania. La Segunda Guerra Mundial estaba en sus fases críticas.
Cada una de esas cartas era un ancla con la vida que esos jóvenes habían tenido que dejar atrás, un ancla con sus familias, sus hogares, sus cariños. Era una prueba de que alguien les quería, recordaba y esperaba. Pero, en medio de la crueldad de la guerra (407.000 soldados americanos murieron en combates), el reparto de la correspondencia se había atascado. Las tropas, que avanzaban hacia el este penosamente, librando unas batallas fragorosas y sangrientas, habían pasado meses sin saber nada de los suyos. Y, claro, su moral estaba desmoronándose.
Fue entonces cuando a alguien, en Washington, se le ocurrió formar un batallón de mujeres, multiétnico pero predominantemente negro (en un ejército en el que todavía estaba en vigor la segregación racial), para que fuera a Inglaterra -donde se manejaba toda la logística de la operación militar en Europa- y tratara de desenmarañar el caos de la correspondencia. Y, en efecto, 855 mujeres, casi todas afroamericanas, fueron enviadas a Inglaterra. Su unidad fue identificada con el número 6888. Pero siempre sería conocido como el “batallón seis triple ocho”.
Convencidas de que su misión no era simplemente poner orden en esas montañas de cartas y paquetes, sino restaurar la moral de cientos de miles de soldados volviéndolos a conectar con sus seres queridos, las 855 mujeres negras pusieron manos a la obra. No les esperaba una tarea fácil. Y es que, además de la avalancha de correspondencia, tenían que lidiar con prejuicios y malos tratos: las alojaron en barracones estrechos y mal ventilados y con frecuencia se les negaba el acceso a comedores y espacios de descanso que ocupaban los soldados blancos.

Pero, dispuestas a cumplir su misión con prolijidad, se dividieron en tres turnos para trabajar las 24 horas del día y crearon un fichero con los nombres y números de serie de todos los soldados estadounidenses que combatían en Europa. Llegaron a tener siete millones de fichas y a procesar 65.000 cartas en cada turno. Gracias a ellas, millones de soldados supieron y sintieron que no estaban solos, que alguien esperaba que algún día, pronto, estuvieran de vuelta. El batallón seis triple ocho debía completar su labor en seis meses. Lo hizo en tres. Y la guerra en Europa terminó en mayo de 1945.
En febrero de 1946, como parte del repliegue estadounidense, el batallón seis triple ocho fue disuelto. No fue incluido en ninguno de los desfiles de la victoria ni participó en ningún homenaje. Nadie se acordó de las 855 mujeres negras que, a pesar de discriminaciones en una época de segregación y prejuicios, habían colaborado decisivamente en el mantenimiento de la moral de las tropas durante las fases finales del conflicto. Su oficial a cargo, la mayor Charity Adams, se retiró pronto del ejército porque quería estudiar en la universidad. Las demás prosiguieron pobremente sus vidas.
Muchos años después, en 1995, a sus 77 años de edad (había nacido en Carolina del Norte en 1918), la mayor Adams recibió un homenaje público encabezado por el presidente Bill Clinton. Las distinciones se multiplicaron. Recibió condecoraciones y doctorados honoríficos, que los recibió siempre en nombre de las 855 integrantes de su batallón, con quienes compartió las aflicciones de la guerra pero también las satisfacciones del trabajo bien hecho. Y cuando murió, en enero de 2002, un monumento en su honor fue levantado en Fort Leavenworth, Kansas.
De sus compañeras poco se supo: hubo muchos años de olvido, y cuando se quiso reconocerles la labor efectuada durante la guerra la mayoría de los rastros se habían perdido. Pero el batallón seis triple ocho, a pesar de su disolución, fue determinante para la eliminación de la segregación en el ejército a partir de las presidencias de John Kennedy y Lyndon Johnson. Y en 2021 le fue concedida, como unidad militar, la Medalla de Oro del Congreso, que es el mayor honor civil de los Estados Unidos. De las 855 mujeres del batallón, sólo una estaba viva en agosto de 2025, cuando este artículo era escrito.

