
A una década del terremoto del 16 de abril de 2016, tres expresiones culturales revelan cómo el arte y la creatividad sostuvieron lo que la infraestructura no pudo: los escombros que se transformaron en lienzos, el cine documental que contó la tragedia como un relato íntimo y el horno de leña manabita que, entre la pérdida, encendió el fuego como refugio e identidad.
A las 18:58 del 16 de abril de 2016 llegó la destrucción. Un terremoto de magnitud 7,8 en la escala de richter dejó a la costa ecuatoriana suspendida entre el polvo y el silencio. El epicentro se ubicó en Manabí, entre Pedernales y Cojimíes. 673 personas murieron, 6.000 resultaron heridas y hubo 30.000 damnificados.
Ese día, miles de viviendas colapsaron. Ciudades enteras cambiaron de forma en minutos y en medio de ese quiebre, crear se convirtió en una urgencia. Y en esa urgencia, Manabí encontró, en el arte, una forma de sostenerse.
Arte sobre escombros

El día del terremoto no terminó cuando la tierra dejó de temblar. Se quedó suspendido en los edificios abiertos como heridas y en las calles que ya no llevaban a ninguna parte. En medio de ese paisaje apocalíptico alguien decidió pintar esperanza.
“En medio de lo incierto, decidimos intervenir los escombros”, publica, diez años después, el colectivo Arte Sobre Escombros en sus redes sociales. Converso con Sixtina Ureta, una de las fundadoras. Regresa en el tiempo y recuerda que, su tierra, Bahía de Caráquez se volvió el epicentro de ese impulso.
Hasta antes del terremoto, en Manabí, el muralismo y el grafiti se relacionaban con expresiones “de pandilla”. Pintar resultaba subversivo, dice Sixtina. Cada vez que lo intentaban había reparo de la Policía y de la ciudadanía. Dos días después del terremoto, ella, junto a su amigo y colega Javier Santa Cruz, ‘El Zelote’, esperaron que el sol se ocultara, tomaron los restos de unos tarros de pintura, algunas brochas y salieron a pintar lo que el terremoto dejó.
“Todo era gris, el polvo seguía cubriendo el atardecer, parecía una película de terror, ahí le pusimos color”, cuenta. Mientras Javier ponía su arte sobre los muros que alguna vez fueron una casa, una escuela o un edificio, Sixtina lo hacía en los pedazos de concreto, acero y madera esparcidos por el suelo.
Al siguiente día, el gris ya no era tan gris. Poco a poco, la gente esperaba el amanecer para ver colores en medio de la tragedia. Algunos de esos escombros se los llevaron a sus casas o refugios para tenerlos como recuerdo.
El escultor y escritor Ivo Uquillas, autor del monumento a Eloy Alfaro en Portoviejo, se unió y en cada pintura añadió extractos de poemas y mensajes de aliento. “Bahía eterna, la magia de tu mar nunca morirá” se muestra -hasta hoy- en Bahía de Caráquez. El grupo pintó alrededor de 200 murales en Manabí.
El regreso del horno de leña

En Manabí, antes del kerosene, el gas doméstico y la electricidad, la cocina tenía otro ritmo. El horno de leña marcaba el tiempo. Cocinar implicaba esperar, cuidar y sostener la llama. Era un acto colectivo, casi ceremonial heredado de generación en generación.
El terremoto obligó a volver a ese origen. Sixtina comparte un recuerdo latente que tiene la chef e investigadora de la gastronomía ancestral Valentina Álvarez: cuando la luz se apagó y los electrodomésticos se sepultaron, la gente construyó hornos de leña en la calle.
En medio de la precariedad por la tragedia, ese fuego ofrecía algo más que comida, dice Valentina. El día del desastre ella estaba junto a su esposo Sebastián Revelli, sus hijos y otros familiares en su negocio, el lodge CocoSolo, ubicado en el sur de Cojimies, a unos metros del epicentro. La infraestructura mixta sobrevivió y sirvió como centro de acopio y refugio para los cientos de voluntarios que llegaron desde Quito y otras ciudades.
A pesar de que su cocina no sufrió daños, Valentina decidió no volver a ese espacio. La coyuntura le permitió cumplir un sueño: honrar la memoria de su bisabuela a través del funcionamiento de un fogón de leña. Fue ella quien le enseñó a cocinar.
La chef no solo aprendió más de 20 técnicas de cocción difíciles de reproducir en cocinas contemporáneas. Ella estudió los perfiles del sabor manaba y el origen de esa práctica ancestral que, en 2018, fue reconocida como patrimonio inmaterial del Ecuador. Con esos conocimientos, abrió una escuela en su localidad para mantener viva esa memoria.
Ocho años después del terremoto, esa experiencia se convirtió en una propuesta gastronómica que llegó a Quito a través de Montuvia, raíces ancestrales, un restaurante ubicado en Cumbayá que prepara todo su menú en un horno de leña que mide 1.80 metros de ancho por dos de largo. Sebastián lo construyó con madera que rescató de las ruinas de la casa de su mamá en Cojimíes.
52 segundos

El cineasta y documentalista portovejense Javier Andrade, quien escribió y dirigió la película Mejor no hablar de ciertas cosas, llegó a su tierra natal tres días después del terremoto. No regresó como director. Volvió como hijo, como tío, como alguien que también intentaba entender lo que acababa de ocurrir. En ese regreso, entre ruinas y silencios, apareció el eje que sostiene su película 52 segundos.
Su compañera de registro fue una cámara prestada que no siguió ningún guion y que se encariñó con Mila, su sobrina que una semana después del terremoto cumplió tres años. Ese cruce íntimo no reconstruyó la tragedia desde la espectacularidad ni desde el dato duro. Lo hizo desde la vida que continuaba incluso en medio del colapso.
El título mide el tiempo exacto del desastre. 52 segundos. Menos de un minuto para partir ciudades, historias, rutinas. Menos de un minuto para borrar referencias completas de una geografía emocional. Javier centró el documental en la historia del negocio de su papá. Un edificio que él vio nacer, crecer y que su progenitor esperaba que él, algún día, se haga cargo. El terremoto acabó con esa posibilidad.
En pocos días, Mila cumplirá 13 años. Ella, al igual que cientos de niños de Manabí y Esmeraldas, creció en una ciudad nueva, ajena a los recuerdos de sus abuelos, sus padres y su tío.
Ahí aparece el cine como ancla. Javier no filmó para que esa generación -la de Mila- tenga una imagen a la cual volver cuando el relato colectivo empiece a desdibujarse. El cineasta confiesa que el terremoto no es un tema de conversación con su sobrina. “Tal vez eso es decidor, que hemos acordado mejor no hablar de ciertas cosas”.
Para Sixtina, Valentina, Sebastián y Javier, los 10 años del 16A no se resumen en una fecha repetida en titulares. Para ellos recordar no es mirar atrás. Es entender que, cuando todo se rompe, lo que queda no siempre se levanta con estructuras.

