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Canadá: un lugar para volver a empezar

por Tali Santos

Migración a Canadá.
Fotografía: Shutterstock.

En la actual ola migratoria de ecuatorianos, Canadá se ha convertido en un destino al que cada vez más nacionales apuntan. Las salidas hacia ese país pasaron de 1453 personas en 2019 a 2294 hasta mayo de 2023. Aquí retratamos a un grupo de compatriotas de la comunidad ecuatoriana en Columbia Británica, en el oeste canadiense.

La cita es el domingo 30 de julio, en el parque Hadden, en Burrard, un barrio de Vancouver, en la costa pacífica canadiense. Un área verde con altos y frondosos cedros, ubicada junto a una de las diez playas de esta ciudad, con vistas a un paisaje urbano residencial de amplias casas con tejados a dos aguas y cuidados jardines. Un espacio sereno y acogedor que forma parte de la quinta ciudad con mejor calidad de vida en el mundo.

Ese día, aquel escenario vancuverita adquirió un dejo sudamericano. Una bandera con el amarillo, azul y rojo ecuatorianos y globos celestes y blancos decoraban una de las carpas que forman parte de la infraestructura de esa zona de esparcimiento.

Llegaron unas cuarenta personas: familias, parejas y amigos que se dispersaron en grupos de pícnic. Los convocados eran ecuatorianos que viven en Columbia Británica, la provincia canadiense a la que pertenece Vancouver, y el motivo de la reunión era la celebración de las fiestas de Guayaquil, la ciudad ecuatoriana que está a siete mil kilómetros de distancia.

“Es una reunión para conservar las tradiciones de nuestra cultura”, explica Ximena Basantes. Ella es presidenta de la Ecuadorian Association of British Columbia, que en 2018 se formalizó, ante el gobierno provincial, como una organización sin fines de lucro.

Huir de la crisis

La mayoría de los que acudieron a esa cita forma parte de un flujo migratorio de ecuatorianos hacia el exterior que crece desde 2014. Tras la cuarentena por la pandemia, en 2021, la cantidad de quienes salieron y no volvieron al país repuntó. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, fue 81 758 y en 2022 fue 113 931.

Los que optan por Canadá como destino, generalmente, migran por razones económicas y han sido parte de la clase media y media alta, universitaria o profesional. En este segmento están Francisco García (43) y Martha Romero (36), ambos guayaquileños que llegaron a Canadá hace dos años y medio; ahora son voluntarios de la Asociación.

Él es un ingeniero de la Politécnica del Litoral con dos maestrías, una de ellas de una universidad española. Antes de la pandemia tenía tres empleos: era presidente de la Cámara de la Pequeña Industria del Guayas, profesor universitario y dirigente de una organización sin fines de lucro. Ella es ingeniera en Gestión de Talento Humano por la Universidad Casa Grande de Guayaquil y manejaba la consultora especializada en recursos humanos que ambos habían creado.

La pandemia alteró sus vidas de una forma determinante: durante la cuarentena, él perdió el empleo en el que más dinero ganaba, y la consultora no logró sostenerse.

Eso y cuatro hijos menores, hoy de trece, once, nueve y siete años, en cuya estabilidad y desarrollo debían pensar, llevó a este matrimonio a replantearse el futuro familiar. Tras un mes de noches en vela decidieron migrar a un país más estable. Martha eligió Canadá.

Así, tras el proceso legal de visado, tomaron seis maletas, a sus cuatro niños y se marcharon a un país donde no tenían familia ni amigos. La incertidumbre y el deseo de no dar marcha atrás eran sus únicas certezas.

Otra compatriota, Sofía Albornoz, diseñadora gráfica, quiteña, soltera, de 41 años, llegó a Canadá en septiembre. Emigró para dejar atrás aquella “inestabilidad horrible” que experimentaba como freelancer en el Ecuador, “trabajando unos meses acá y otros allá”.

Para su proyecto migratorio, los García Romero vendieron la casa y el carro, porque no querían tener deudas. Sofía vendió bienes y se endeudó.

Migración a Canadá.
Fotografía: Shutterstock.

Con la visa de estudiante, el Gobierno canadiense ofrece, además del permiso para trabajar para el postulante, visa de trabajo para el cónyuge y visa de estudiantes para los hijos.

Visa estudiantil

Hay proyectos migratorios que pueden tomar más tiempo e inversión como, por ejemplo, una carrera universitaria. En 2017 Emilio Freire llegó a Canadá. Tenía diecinueve años y fue a estudiar una licenciatura en Sociología en la Universidad de British Columbia (UBC) a cuatrocientos kilómetros de Vancouver.

El viaje de Emilio se dio porque sus padres, un médico ginecólogo y una periodista y profesora universitaria, notaron que la falta de oportunidades para la gente joven en el Ecuador iba a limitar el desarrollo de su hijo. Por eso, apenas se graduó en el colegio Americano, lo impulsaron a buscar sus ideales fuera del país. La mirada se fijó en Canadá.

Emilio postuló para una beca Senescyt, pero no la obtuvo. Entonces, sus padres asumieron los costos de la travesía que incluía el pago de una colegiatura en The University of British Columbia (UBC), una universidad pública que está entre las cuarenta mejores del mundo. Esa suerte de pedigrí institucional la hace más costosa para los no residentes, que muchas universidades privadas de ese mismo país.

El esfuerzo familiar, de él en Canadá, trabajando a la par de sus estudios, consiguiendo ciertas becas, y de sus padres en el Ecuador, ideando fuentes de ingreso, tuvieron su recompensa en junio de 2022 cuando juntos celebraron la graduación de Emilio.

La visa de estudiante fue también la tabla de salvación para Francisco y su familia. Ellos viajaron con una a la que Gabriela postuló para realizar un diplomado en una universidad en Victoria, una ciudad de 92 000 habitantes y la capital de la Columbia Británica. Habían decidido que si viajaban a un país grande irían a una ciudad pequeña, para que los niños “pudieran crecer más protegidos”.

Con la visa de estudiante, el Gobierno canadiense ofrece, además del permiso para trabajar para el postulante, visa de trabajo para el cónyuge y visa de estudiantes para los hijos, si los tiene.

Esa es la ruta hacia la residencia permanente. Al terminar el programa académico, recibe un tiempo adicional para tramitarla.

Humildad, disciplina y paciencia

Estar dispuestos a empezar “desde abajo”, desde más abajo de donde arrancaron la primera vez y celebrar cada avance, por pequeño que sea, es una condición en estos proyectos vitales.

Francisco lo aprendió en Canadá. Es miembro de una familia vinculada a la historia de su ciudad y desciende del prócer de la Independencia de Guayaquil Lorenzo de Garaycoa. Un año antes de migrar era dirigente gremial y profesor universitario. Al llegar a Canadá tuvo dificultades para conseguir un empleo básico porque no dominaba el inglés.

Casi un mes después de haber llegado encontró un puesto en una empresa de mantenimiento. Se encargaba de la limpieza de un edificio y de otros oficios como arreglar sillas, mesas, o lo que fuere necesario arreglar.

Con el tiempo, su condición mejoró, lo ascendieron a supervisor y, posteriormente, consiguió otro trabajo en una oficina del gobierno provincial. Mantiene los dos empleos, en jornadas que empiezan a las seis de la mañana y terminan a las once de la noche. “Vivir en una ciudad cara demanda tener dos trabajos”, recalca.

Martha, por el contrario, hablaba inglés con fluidez, por lo que pudo encontrar un empleo en servicio al cliente en una multinacional de tiendas. Luego, ya con su título, encontró trabajo en una organización que asesora a personas desempleadas (residentes o ciudadanos).

Sofía Albornoz se siente confiada de poder tramitar la residencia permanente desde un empleo en su actividad. Su programa académico se complementa con pasantías pagadas a tiempo completo por dos años. “Nada está dicho, pero es esperanzador”.

Francisco recalca que Canadá no es un país económicamente tan fuerte como Estados Unidos. “Ni, como muchos podrían creer, un lugar para hacerse rico de la noche a la mañana… Es para empezar con mucha humildad, paciencia y disciplina”.

Comunidad que crece

El grupo “ha crecido exponencialmente”, dice Ximena Basantes, al referirse al flujo de migrantes ecuatorianos que recibe la Columbia Británica.

Da una referencia informal que percibe elocuente: “Al menos cinco personas se unen al chat que tenemos en WhatsApp. Hace tres años éramos dieciséis personas, hoy (a inicios de septiembre de 2023) somos más de trescientas; en la página de Facebook de la Asociación, éramos cien personas y hoy somos más de mil miembros”.

Esa red social se ha convertido en un espacio de apoyo comunitario virtual. Los recién llegados a Canadá consultan a quienes llevan más tiempo en ese país sobre temas como dónde encontrar un alojamiento a un precio conveniente o cómo hacer algún trámite. También promocionan productos o anuncian reuniones sociales y deportivas para tejer lazos.

La Asociación se conformó hace varias décadas por un puñado de miembros, entre ellos, Eugene Esche (76), un guayaquileño que vive en Canadá desde 1972 y actualmente reside en Whistler, al norte de Vancouver.

Ximena Basantes, que llegó a Canadá hace ocho años, cuenta que hace siete las reuniones de la comunidad ecuatoriana en esa provincia se volvieron más frecuentes. Organizan reuniones por el Día de la Amistad, el Día de la Mujer, el 10 de agosto, el Día de Difuntos —en las que comen guaguas y colada morada—, las fiestas de Quito, de Guayaquil y la Navidad.

La jornada para celebrar a la lejana Guayaquil terminó con sesiones de fotos que después aparecieron en la página de Facebook de la Asociación. Ese día de verano en el parque Hadden se habló español, se rio en ecuatoriano, se vendió y se comió cebiche de camarón con chifle y canguil, se escuchó salsa y merengue. Y cómo no, Julio Jaramillo cantó “Nuestro juramento”.

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Acerca de Tali Santos

Periodista. Especializada en temas ambientales, con énfasis en cambio climático y mujeres. Ha sido editora en el diario El Universo y es autora del libro de crónicas de Guayaquil Ciudad anónima.
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