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La “resurrección” del jambato negro, en 2016, desencadenó una serie de hechos que cambiaron la historia de este sapo y de una parroquia cuya población hoy se divide entre el deseo de proteger este símbolo de su biodiversidad y las decisiones sobre una carretera.
En abril de 2016 Giovanni Onore (84 años), un entomólogo italiano que dirige la Fundación Otonga, dedicada a la conservación de la biodiversidad del Ecuador, realizó una visita casual a Angamarca, parroquia rural de Pujilí, en la provincia de Cotopaxi. Esa visita cambió la historia de la conservación de especies en el país y en ese territorio.
Onore llegó a aquella población atraído por los muebles que ahí se elaboran. Estando en el lugar, conversó con el párroco que sirve al sitio, Battista Brugali, italiano y religioso como él, a quien, entre otras cosas, le habló de su esperanza de encontrar al jambato negro de páramo. Le explicó que es una especie de rana de la que no se tenía rastro desde hacía veintiocho años, cuyo nombre científico es Atelopus ignescens.
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