Una comunidad kichwa cuida a las tortugas amazónicas, amenazadas por el consumo de sus huevos. Mediante un emprendimiento buscan que los turistas apadrinen a las charapas y las liberen en el río Tiputini.
“El río es tu casa, libre te quedas ya. Kawsay charapita, vive y nada más. Juntas cuidaremos selva y corazón”, recitaba de memoria Jaqueline Illanes, mientras sus ojos se humedecían y su rostro tenía una mezcla de nostalgia y emoción. En su mano se refugiaba la inspiración de su poema: una pequeña tortuga charapa a la que había rescatado siete meses atrás en el río Tiputini, en un rincón del Parque Nacional Yasuní.
A través de las pequeñas manchas amarillas que rodeaban sus ojos, la charapa la miraba fijamente. No se escondía en su caparazón, sabía que estaba en las manos de quien la había cuidado desde que estaba dentro del huevo. Ese era el momento de despedirse. La mujer de 53 años se arrodilló frente al río, acomodó su falda, extendió su mano y, aunque era la primera vez que saltaba al agua, la charapa se lanzó con experticia. Como si hubiese reconocido su hogar, desapareció en segundos.
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