La fotografía y la tecnología no han logrado desplazar a la ilustración científica y naturalista, un arte que gana espacio en las nuevas generaciones. La precisión, el detalle y el realismo de estos dibujos promueven la conservación de las especies.
Hace dos siglos las imágenes de aves trazadas a mano ayudaban a sustentar la teoría más importante de Charles Darwin. Estas eran las únicas evidencias de las observaciones y hallazgos del investigador durante su viaje por América del Sur y el Pacífico. Casi doscientos años después, la ilustración científica todavía es utilizada para describir nuevas especies, recrear animales extintos y llevar un mensaje de conservación a un público más amplio.
Ni siquiera la llegada de la fotografía logró desplazar a estos dibujos de las publicaciones científicas. Y es que son irreemplazables por el nivel de detalle que se logra al ilustrar cada escama de una serpiente, cada pelo de un mamífero o hasta los rasgos de una pulga. De hecho, científicos de la Universidad de California han demostrado que ninguna cámara puede superar al ojo humano en su capacidad de generar contraste en las imágenes con absoluta prolijidad.
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