El Estero Salado, un espacio de esparcimiento hasta los años sesenta en Guayaquil se convirtió, en una enredada historia, en un lugar que se evita. Sin embargo, la esperanza por recuperarlo no está perdida.
Esta es una breve referencia de una antigua historia de explotación, degradación y muerte. Una que trata sobre la relación de siglos entre los habitantes de Guayaquil y el Estero Salado, esa laguna costera que comenzó a formarse hace unos doce mil años, cuando en la Tierra ocurrió la última desglaciación y empezó la era geológica actual, se produjo la última elevación del mar y se formaron los manglares de esta parte del planeta.
Una historia cuyo protagonista es ese espacio natural que acumuló el impacto del modelo económico y social que marcó el desarrollo de esta ciudad y el de todo un país, especialmente en los siglos XIX y XX. Esta laguna comienza al norte de la urbe, pasa por la ciudad y desemboca en el golfo de Guayaquil, donde el estero El Morro es su límite más lejano, a más de setenta kilómetros al sur de la ciudad. Es uno de los ecosistemas más importantes para el país y la región, pues contiene alrededor del 80 % del sistema de manglares ecuatorianos y la mayor parte del manglar en la costa del Pacífico suroriental de América del Sur. Además, protege a las tierras bajas de las inundaciones por la acción intermareal.
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