La falta de agua como causa del conflicto entre las naciones dejó de ser una elucubración literaria. Con frecuencia, se mencionan en los noticieros las sequías y el poco acceso a fuentes de líquido de buena calidad, pero la humanidad todavía puede solucionarlo.
En el seminario sobre el Derecho Humano al Agua realizado en el Vaticano entre el 23 y 24 de febrero de 2017, el papa Francisco se preguntaba si la humanidad camina hacia una nueva “gran guerra mundial” por este recurso. Su preocupación tenía que ver con la creciente cantidad de seres humanos que no acceden al agua, toda vez que su consumo, según Naciones Unidas, se ha duplicado en los últimos cincuenta años y 40 % de la población mundial —2600 millones de personas— no tiene servicios sanitarios básicos.
Además, la Organización Mundial de la Salud informa que las fuentes de agua no deben estar a más de mil metros de cada hogar; no obstante, millones de seres humanos se ven obligados a caminar hasta seis horas diarias para conseguirla. Estas cifras desnudan una situación en la que, por el desperdicio en unas zonas y la falta de servicios en otras, el choque podría ser cuestión de tiempo. Un escenario que ya se ha producido, por ejemplo, en Siria.
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