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Los guardianes de los tiburones

por Isabel Alarcón

Proyecto Tiburones Galápagos.
Fotografía: CORTESÍA ® SOFÍA GREEN.

Los tiburones no son como los retrata Hollywood. Esta es la consigna de tres ecuatorianos que quieren enmendar la mala fama de esta especie. Mediante el cine, la biología y el activismo, intentan proteger a estos animales y demostrarnos a nosotros, los humanos, que no son una amenaza.

La probabilidad de que a una persona le caiga un rayo es una en 500 000, de morir a causa del impacto de un asteroide es una entre 250 000 y de fallecer por el ataque de un tiburón es una entre 4,3 millones. La imagen de la criatura incontrolable y temible con la que se asocia a los tiburones gracias a la película de Steven Spielberg no puede estar más lejos de la realidad. Tampoco es el monstruo que se proyecta en filmes más recientes como Megalodón.

Aunque miles de personas nadan cada año en los océanos, el Archivo Internacional de Ataques de Tiburones (ISAF), de la Universidad de Florida, registró solo 69 ataques en el mundo durante 2023; de estos, diez fueron fatales. Por otro lado, alrededor de cien millones de estos animales son víctimas de las actividades humanas cada año. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) ha demostrado que desde 1970 la población de tiburones y rayas a escala mundial ha disminuido en 71 %.

El humano se ha convertido en su principal amenaza, pero estos animales han encontrado en Sofia Green, Roberto Ochoa y Cristina Cely a sus protectores. Ellos, a diferencia de la mayoría, no tienen en su mente la imagen de los tiburones asesinos que ha promovido Hollywood. Tampoco temen bucear junto a ellos, estar en la mitad de cientos de ejemplares o incluso acercarse para conocer más sobre su comportamiento.

Desde distintas trincheras, los tres ecuatorianos se esfuerzan por proteger a estos animales y demostrar que, lejos de ser peligrosos, son los guardianes de los océanos. Controlan la cadena trófica, generan vida al llevar nutrientes, mitigan el impacto del cambio climático al absorber el carbono de la atmósfera en su cuerpo y proveen ingresos económicos a las comunidades costeras a través del turismo.

Ciencia para los tiburones

A Sofia Green no le asustan los tiburones; lo que le asusta es pensar en el mar sin ellos. Uno de los primeros recuerdos de su infancia es en el océano, abrazada al cuello de su papá, mientras se acercaban decenas de especímenes de punta blanca a nadar a su lado. Durante su niñez, nadie le había advertido que estos animales eran peligrosos, pero mientras crecía se daba cuenta de que las personas los temían.

“Tenía que cambiar ese estigma porque una de las razones de que los humanos estén tranquilos con la muerte de tantos tiburones al año es porque creen que los océanos van a estar mejor sin ellos”, cuenta Green sobre su motivación para estudiar Biología.

Sofia Green proyecto tiburon
SOFIA GREEN, proyecto Tiburón Ballena de Galápagos.

Un gran punto a favor de la conciencia ecológica de Green fue tener dos padres investigadores y la posibilidad de ver de cerca su trabajo. Su hogar transitaba entre Quito y Galápagos pero, apenas se graduó, se mudó a las islas y se unió al proyecto Tiburón Ballena de Galápagos, que fundó su papá, Jonathan Green, junto a Alex Hearn en 2011 para proteger a la especie.

Aunque ya le habían hablado de lo imponentes que son los tiburones ballena, no pudo reaccionar cuando vio a uno por primera vez. “Me di la vuelta y en teoría tenía que actuar para identificarlo, pero me paralicé de la impresión”, relata la bióloga de veintiséis años. Aún se emociona al contar que su máscara se llenó de lágrimas, mientras estaba bajo el agua y tenía en frente a un animal del tamaño de un bus escolar.

Desde 2017, que se integró al proyecto, Green ha marcado a más de veinte tiburones. El proceso consiste en colocar, con una pinza de presión, una marca satelital en la punta de la aleta. El marcaje dura veinte segundos y después el tiburón sigue su camino. Cuando la aleta sale del agua, envía una señal con datos sobre la profundidad del buceo, el camino que recorrió o la temperatura del área.

A Green la emociona buscar formas de que los datos no solo se queden en el ámbito científico. En sus charlas, a través de un lenguaje sencillo y amigable, logra que el público no experto comprenda que hay que proteger los mares porque “una de cada dos respiraciones viene del océano”. También ha participado en la iniciativa de poner un nombre a los tiburones monitoreados.

“Nos hemos dado cuenta de que así la gente puede seguir su historia y relacionarse de una manera más personal”, cuenta. Un ejemplo es Esperanza, un tiburón marcado en septiembre de 2019, en Galápagos. En febrero de 2020 se veía que estaba regresando a las islas, algo que no es común. Por eso se convirtió en “una esperanza” para conocer más sobre los comportamientos de la especie. Sin embargo, un día desapareció en una zona de alta pesca. A pesar de esto, su caso ayudó a visibilizar el impacto de las grandes flotas que se ubican afuera de las aguas de Galápagos. “Puedes usarlo para relatar la historia de los otros millones de tiburones, rayas, tortugas y ballenas que terminan en esa situación cada año”, explica.

Su trabajo como bióloga no termina en el marcaje y el análisis de datos. También destina su tiempo a la búsqueda de financiamiento y a encontrar las formas de que sus hallazgos “no se queden solo en algo interesante”, sino que se utilicen para generar soluciones, conservar a las especies y crear nuevas áreas protegidas.

Cine sobre los océanos

Así como el cine ha contribuido a promover el miedo a los tiburones, Roberto Ochoa utiliza sus documentales para crear el efecto contrario. Los videos en los que se lo ve buceando junto a especies de más de cinco metros, jugando con tiburones martillo y acariciándolos con total confianza han llamado la atención del público alrededor del mundo.

Aunque no estudió Biología, gracias a su experiencia en las profundidades del océano, conoce las diferencias en el comportamiento de cada variedad de tiburón. “Mientras un martillo se asusta de ti, un tigre quiere acercarse”, dice al recordar sus vivencias con algunas de las 35 especies de tiburones que pasan por Galápagos.

Tiburones
ROBERTO OCHOA, camarógrafo de vida silvestre marina.

Pero no siempre fue así de confiado con estos animales. A los doce años aprendió a surfear, pero no buceaba por pánico a los tiburones. Esto cambió a sus veinte, cuando tuvo su primer encuentro cara a cara, mientras nadaba en el Caribe. “No me quería ni mover, pensaba que me iba a atacar”. Cuando el guía que lo acompañaba vio su expresión, su reacción fue opuesta a la que Ochoa esperaba: “Se acercó rapidísimo al tiburón y lo comenzó a acariciar”.

Ochoa volvió al país, se certificó como buceador y se involucró en proyectos de conservación con distintas fundaciones. Se compró su primera cámara para grabar bajo el agua y así comenzó a documentar la vida marina. Al inicio filmaba videos promocionales de los barcos de Galápagos, hasta que lo llamaron en 2015 para que fuera el vocero del Ecuador de la expedición Pristine Seas de National Geographic.

“Comenzamos a grabar la cantidad de tiburones que había en Darwin y Wolf, que son las islas más remotas de Galápagos y albergan la mayor abundancia de estas especies en el mundo”. Ese momento marcó un nuevo rumbo en su carrera al darse cuenta de que los tiburones no se acercaban por las burbujas que él y su equipo producían al sumergirse.

Tiburones
Fotografía: FACEBOOK ® ROBERTO OCHOA.

¿Cómo grabar a todos los animales sin tener tanta tecnología o equipos? Esta fue la pregunta que se quedó en la cabeza de Ochoa y que lo llevó a aprender apnea o buceo a pulmón. La primera vez que lo intentó, logró meterse entre cientos de tiburones martillo, que lo trataron como si fuese un pez más. Con esta experiencia, le propuso al hijo de Jacques Cousteau, Pierre-Yves, hacer un documental que reuniera a los mejores apneistas del mundo, para mostrar cómo esta técnica fomenta una interacción más cercana con los gigantes del mar.

Así surgió el documental Galapagos Evolution, que se proyectó en ferias internacionales y plataformas digitales. “Así como generalmente se evoluciona hacia equipos más nuevos para experimentar estos buceos, nosotros evolucionamos hacia la forma más natural posible para tener esta experiencia”, dice Ochoa, quien se ha convertido en un experto en esta práctica. En 2018 lanzó su segundo documental llamado Socorro Evolution, que fue una expedición similar en México.

Ochoa también ha difundido sus experiencias a través de cuentos para niños. Al igual que lo hace con su hijo de dos años, su anhelo es mostrar a las nuevas generaciones que hay más razones para proteger a estos animales que para temerlos.

Activismo por los tiburones

Al momento de hablar sobre tiburones es inevitable no pensar en Cristina Cely. Para la veterinaria y activista quiteña estos animales se han convertido en su bandera de lucha. “Todo es para los tiburones, por los tiburones y con los tiburones”, resume Cely.

cristina celi tiburones
Cristina Cely. Fotografía: CORTESÍA ® CRISTINA CELY.

La primera vez que se embarcó en una aventura para proteger a la fauna marina fue en 2012 cuando estuvo 110 días en la Antártida. Al siguiente año pasó otros cien días en altamar para evitar la caza de ballenas por parte de la flota ilegal japonesa. Aunque estas experiencias marcaron su camino, fue en 2018 que la imagen de miles de tiburones muertos la motivó a enfocar su lucha en estos animales.

“Ahí mi corazón se partió en millones de pedazos y algunos se quedaron ahí clavados en las playas de Tarqui”, recuerda, mientras hace una pausa, antes de seguir con el relato. Tras fingir que era una turista, logró tomar fotos de las personas que cargaban en sus hombros los cuerpos de los tiburones y después cortaban sus aletas. “Solo pensé, ¿y ahora qué hago?”.

Seis años después, todavía conserva esas fotos en su escritorio y las ve cada vez que necesita fuerzas para continuar con esta misión. Cely, directora de la organización One Health Ecuador, ha sido una de las principales voces que ha denunciado las irregularidades de la pesca incidental de tiburones en el Ecuador.

En el país no se permite la captura dirigida de estos animales, pero se puede comercializar sus aletas siempre y cuando se los haya pescado de forma incidental o sin querer hacerlo. El problema es que los reglamentos no establecen límites claros para este tipo de capturas y cada año, según cifras del Banco Central del Ecuador, se exportan legalmente las aletas de alrededor de 250 000 tiburones.

Cely logró que este tema se discutiera en la Asamblea Nacional en 2020, cuando se propuso una moratoria de un año a la exportación de tiburones para regularizar la situación. La propuesta finalmente no fue aprobada, pero sacó algo bueno de este episodio. “Se logró posicionar a los tiburones no como especie terrorífica, sino como una que está en peligro”, dice.

En 2024 la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites) sancionó justamente al Ecuador por la falta de límites a la pesca incidental de tiburones. Se suspendieron las exportaciones de aletas hasta que se ordene la situación. Según Cely, con esta medida, empieza un nuevo capítulo para velar para que se cumpla la medida y, sobre todo, para quitarles el velo de enemigos a estos animales.

Tiburón

Tiburones en el ecosistema

Garantizan la diversidad de especies: eliminan a los débiles y enfermos, mantienen el equilibrio con los competidores.

Conservan, indirectamente, los hábitats de algas y arrecifes de coral. Los tiburones tigre contribuyen a que los océanos resistan al cambio climático: cuidan el pasto marino que absorbe el carbono de la atmósfera 35 veces más rápido que las selvas tropicales.

Nos ayudan a respirar, porque sus heces en el fondo del mar abonan al crecimiento del fitoplancton que produce la mitad del oxígeno del planeta.

Aún muertos contribuyen al círculo azul de la vida porque sirven de alimento para especies carroñeras y el dióxido de carbono que han absorbido a lo largo de la vida se queda en su cuerpo.

* Fuentes: worldwildlife.org / europeoceana.org

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Acerca de Isabel Alarcón

Periodista especializada en medioambiente. Trabajó en Diario El Comercio. Becaria de International Center For Journalist (ICFJ), Earth Journalism Network, Fundación Gabo y Pulitzer Center. Finalista del Premio Nacional de Periodismo Jorge Mantilla Ortega 2022.
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