Un encuentro con una gigantesca mantarraya oceánica cambió la vida de un científico ecuatoriano y reveló un tesoro único: la mayor concentración del mundo de estas especies está en las costas manabitas.
La primera vez que Michel Guerrero se sumergió en el mar de la Isla de la Plata, en Manabí, tuvo un encuentro que lo marcó de por vida. Una sombra con alas de unos ocho metros de punta a punta lo rodeaba bajo el agua, en una danza curiosa y juguetona. Era una mantarraya oceánica, la más grande del mundo. A pesar de ser biólogo marino e instructor de buceo, el científico ecuatoriano no había explorado en esas aguas, pues desarrolló su carrera en Colombia y Estados Unidos, y apenas había regresado al Ecuador.
Corría la década de los noventa y, antes de saltar al mar, el conductor de la lancha le advirtió: “No se meta, que hay un tiburón dando vueltas”. En esa época —hace treinta años— no se conocía sobre esta especie y los pescadores confundían las aletas de las mantarrayas oceánicas con las de un tiburón. “Pero yo sentí que era seguro, hubo una conexión directa al corazón. Para mí fue como un encuentro con un extraterrestre”, recuerda Guerrero.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído


