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Mundo Diners al día

Nada más británico que el Five o’clock tea

por Jorge Ortiz

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Catalina de Braganza, la princesa portuguesa que se casó con el rey de Inglaterra, Carlos II Estuardo, era muy aficionada al té.

El té, una “excelente bebida china” llegó a ser parte esencial de las costumbres inglesas.

“Puede curar el dolor de cabeza, la piedra, la arenilla, la hidropesía, la secreción de lagañas, los retortijones de estómago, el escorbuto, la somnolencia, la pérdida de memoria, el sueño pesado y el cólico causado por gases”. Más aún, “tomado con miel tardía en vez de azúcar, limpia los riñones y los uréteres, y con leche y agua previene la tisis, y siempre asegura un buen apetito”. El anuncio, publicado el 30 de septiembre de 1658 en el semanario ‘Mercurius Politicus’, en Londres, se refería a una “excelente bebida china, aprobada por todos los médicos”, llamada té.

Por entonces, mediados del siglo XVII, el Imperio Británico no era más que el anhelo lejano, tal vez irrealizable, de unos pocos aristócratas y diplomáticos ingleses, que soñaban con llevar al resto del mundo sus valores y creencias, el cristianismo protestante incluido. Los españoles, sus grandes rivales, habían encontrado cantidades inmensas de plata en Perú y México, mientras que ellos no consiguieron casi nada en Canadá, Guyana, Virginia y Gambia. ¿Qué podían hacer, entonces, sino robarles a los españoles? Y, claro, se dedicaron a la piratería.

Los británicos (Richard Grenville, Francis Drake, Walter Raleigh, Martin Frobisher, John Hawkins, Humphrey Gilbert…) resultaron ser muy eficaces asaltando barcos en alta mar. Fueron unos piratas formidables. Incluso, con las patentes de corso otorgadas por la Corona, se convirtieron en unos corsarios infalibles. Algunos, como Henry Morgan, invirtieron sus riquezas en la compra de propiedades en el Caribe. Con lo que el Imperio que había comenzado a surgir sobre el oro extraído de los galeones españoles prosperó gracias al cultivo de la caña de azúcar.

Y así, con esa prosperidad y el avance del siglo XVII, fue emergiendo una clase totalmente nueva de economía, porque en Inglaterra había surgido la primera sociedad de masas con capacidad de consumo, que muy pronto requirió productos llevados del otro lado de los océanos: arroz, algodón, jengibre, pimienta, clavo, canela, mostaza, cacao…. Y también tabaco, ron, café y, por cierto, té. Y el anuncio de 1658 en el ‘Mercurius Politicus’ fue el heraldo que anunciaba cuánto se generalizaría el consumo de té en el Imperio Británico.

El té y el palacio del alma

Empezó por las clases altas, porque Catalina de Braganza, la princesa portuguesa que se casó con el rey de Inglaterra, Carlos II Estuardo, era muy aficionada al té, tanto que, en su cumpleaños, el poeta Edmund Waller, le dedicó unos versos: “su bebida, majestad, la amiga de las musas, el té, que nos recrea, reprime los vapores que invaden la cabeza y mantiene sereno el palacio del alma”. Las multitudes pronto se enamoraron del té, que al llegar el siglo XVIII obligaba a hacer importaciones de medio millón de libras al año, una cifra que a mediados del siglo ya se había quintuplicado.

Ya en el siglo XIX la costumbre del ‘five o’clock tea’ se había generalizado: entre las cuatro y las seis de la tarde el ritmo de las ciudades, empezando por Londres, se apaciguaba mientras la mayoría de sus habitantes hacía una pausa en el vértigo de sus días para tomar una taza de té, acompañada por un panecillo y algún dulce. También había quienes, siguiendo a John Montagu, IV conde de Sandwich, acompañaban su té de las cinco con un trozo de jamón colocado entre dos rebanadas de pan.

Con el pasar de los años, el Británico llegó a ser el mayor imperio jamás habido, un asombroso conjunto de 291 posesiones, colonias, protectorados y condominios cuya extensión superaba con mucho las conquistas de Alejandro, César y Carlomagno y que incluía extensiones tan vastas como Canadá, la India y Australia y tan minúsculas como Bird Island, Bramble Bay y Wreck Reef. Ocupaba un cuarto de la superficie emergida del planeta, donde vivía un cuarto de la población del mundo. Era -o así lo veían ellos- el último imperio romántico de la historia.

Pero el peso de dos guerras mundiales terminó por doblegarlo. Y a partir de 1945 se desvaneció. Para colmo, según la célebre sentencia de Dean Acheson, “Gran Bretaña perdió un imperio y no ha sabido encontrar un rol”. Incluso, por su atolondrado ‘brexit’ de 2016, salió de la Unión Europea y se encontró sola en el mundo. Pero le quedó el recuerdo de su esplendor incomparable. Y le quedó, también, el orgullo de haber moldeado el mundo moderno como no lo hizo ningún otro pueblo. Y le quedaron sus comportamientos y sus hábitos. Como el ‘five o’clock tea’.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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