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Mundo Diners al día

La Siria de los poetas

por José Luis Barrera

Adonis, poeta sirio
Adonis, poeta de Siria, de visita en Madrid. Foto: El Español.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

Siria es un país de contrastes, ¿es posible mirarlo desde la poesía? Sin duda, el arte es un espejo de la sociedad que lo crea, por eso le invitamos a conocer a tres poetas sirios que, más allá del bien y del mal, son la voz de su tiempo y espacio.

Adonis en Siria

Adonis tiene 94 años y no es un personaje de la mitología griega. Se trata de un poeta que lleva varias décadas como candidato al premio Nobel y que cree en un mundo árabe unido. Silencioso ante Gadafi o Bashar al-Assad, sus críticos se aprovechan de estas costuras para atacarlo, mientras que sus admiradores recuerdan cómo repudia la violencia, la misoginia o el oscurantismo.

El nombre real del poeta es Ali Ahmad Said Esber y en su juventud fue miembro del Partido Social Nacionalista de Siria, pero terminó en prisión y, al salir -seis meses más tarde- se inclinó por el panarabismo, es decir, renunció a la atomización de Medio Oriente a cambio de un destino conjunto.

Luego, se fue al exilio en Beirut, ciudad en la que fundó una revista de poesía, y más tarde, a Francia para estudiar y hasta dar clases en la Sorbona. En cualquier caso, sus versos no abandonan el árabe, sino que lo revolucionan con influencias europeas.

Aunque los periodistas siempre le preguntan sobre política, él prefiere hablar de poesía porque no duda que esta puede explicarlo todo -lo humano y lo divino-:

La poesía no transforma los eventos ni tampoco cambia las situaciones, pero crea una nueva consciencia, que permite al individuo ver el mundo de una manera nueva.

Para él, la historia demuestra que si se compara a un poeta como Mayakovski con un político revolucionario como Lenin, el que más evoca es el primero porque sus preocupaciones son la palabra y la estética. El otro, en cambio, solo consumió su vida por una nación destinada a desaparecer.

Siria es un país en guerra civil por casi catorce años. Facciones de distinto credo incendian calles y desiertos. Sin embargo, esto es una historia que no empieza en el siglo XXI: la lucha ha estado allí desde tiempos antiguos.

Mas, ahora igual que antes, entre los generales y las espadas, viven los poetas, esos hombres y mujeres que, desde las tablillas, el papel o las pantallas, cuentan su visión del mundo sin importarles si los llaman héroes o villanos.

El poeta que se olvidó del amor

El poeta de Siria Nizar Qabbani y su esposa iraquí Balqis al-Rawi
Nizar Qabbani y su esposa iraquí Balqis al-Rawi. Foto: Syrian History

Al terminar la Guerra de los Seis Días en 1967, Nizar Qabbani renunció al amor. Hasta entonces sus poemas habían hablado de pasión, pero con la derrota árabe ante Israel, cruzó la orilla hacia la más terrenal de las materias: la política.

Sus lectores se quedaron helados cuando su poema Apuntes en el cuaderno de la derrota liquidaba años de versos apasionados con una implacable crítica al mundo árabe. Su derrota, según él, fue el resultado de la superficialidad de los líderes y la desunión de los pueblos.

Surgieron entonces movimientos para perseguir al poeta en Cercano Oriente. Sus enemigos eran diversos: los gobernantes incautaron su revista, su antiguo público se manifestaba en contra de sus obras y los críticos le encajaron el adjetivo de oportunista por escribir sobre política cuando antes su preocupación eran los “versos indecentes”.

Vivía en Beirut en esa época, pero no era la primera vez lejos de Siria: la diplomacia, su antiguo oficio, lo llevó por Pekín, Ankara, Londres y Madrid. Así que para los sirios ese crítico no tenía autoridad en temas locales.

Pero él no se detuvo y siguió escribiendo en contra de la atomización de los estados hasta que murió en 1998, lejos del desierto -en Inglaterra- y con puñados de versos de este mismo aroma:

No ceso de aborrecer la guerra civil,

creo sueños

y digo que Dios

juntará algún día las entrañas

de mi cuerpo, que sienten nostalgia por Bagdad,

con mi corazón que posee una mujer de Damasco...

Los versos del califato

Un resumen de la Guerra Civil de Siria.

El 11 de octubre de 2014, las cuentas de redes sociales del Estado Islámico no hablaron de guerra, sino de matrimonio. Aquel día, entre bombos y platillos, anunciaban la unión de una mujer de nombre Ahlam al-Nasr y Abu Usama al-Gharib en la ciudad de Raqa. Ella era poetisa y él, un yihadista.

En el Estado Islámico hablar de un amor que no sea a Dios es anatema, por eso a muchos cogió desprevenidos este desliz romántico en redes sociales, mas, mirándolo detenidamente, tiene sentido: la escritora era una celebridad en internet gracias a sus versos que instigaban a la guerra santa.

Una máxima antigua dice: “la poesía es el registro de los árabes”. Y así lo entendían los yihadistas, quienes prestaban sus foros de internet a Ahlam al-Nasr para que transforme bits en palabras de fuego.

En ciertas ocasiones gritaba: “pregúntale a Mosul, la ciudad del islam, por los leones: cómo su lucha feroz trajo la liberación”. Mientras en otras lloró porque “sus balas destrozaron nuestros cráneos como terremotos”.  En cualquiera de los casos, su fin es claro: seducir a nuevos reclutas.

Se sabe poquísimo de la poetisa, pues su burka es una pantalla de computadora desde donde sus monorrimas suelen derivar en videos con yihadistas cantándolas a capela.

La mujer que dice ser la madre de Ahlam al-Nasr es profesora de jurisprudencia islámica en la Universidad de Dammam en Arabia Saudita y asegura que su hija “nació con un diccionario en la boca”.

Al parecer, su sueño de crear un califato arrancó durante la Primavera Árabe -en 2011- cuando los bombardeos liquidaron a sus amigos. Huyó entonces hacia el interior de la península arábiga para emerger en Twitter tres años después con cientos de versos y un matrimonio.

Hoy, su esposo ha muerto, el Estado Islámico también y ella parece haberse esfumado, sin embargo, de pronto y cuando nadie cree que volverá a escuchar su nombre, reaparece un poema suyo que nadie podría asegurar si es real o apócrifo. De lo que no cabe duda es que se trata del síntoma de un odio que no quiere sosegarse.

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