
Tras la posesión presidencial, Donald Trump dijo que Estados Unidos pondría su bandera sobre la superficie de Marte y, días antes, Jeff Bezos y Elon Musk lanzaron dos cohetes al espacio el mismo día. ¿Estamos en el inicio de una nueva carrera espacial?
La Tierra, esa esfera tornasolada, se ve pacífica desde el espacio. Arriba reina el silencio y no hay guerras ni disputas internacionales. ¿O sí?
En realidad, entre los años cincuenta y setenta Estados Unidos y la Unión Soviética compitieron por conquistar el espacio. Aquel era un capítulo más de la Guerra Fría que se cerró con la victoria de los americanos luego de que el Apolo 11 aterrizase en la Luna. Hoy, cincuenta años después, la carrera ha reiniciado, pero sus protagonistas no son las superpotencias -al menos no del todo-, sino empresarios.
Los astronautas, mientras tanto, continúan abordando sus naves, mas no como héroes, sino como peones de un ajedrez donde la política y la ambición son reina y alfil.
En un pasado muy, muy lejano
El 25 de mayo de 1961, el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, se paró en uno de los atriles del Congreso y dijo:
-Antes de terminar la década, llevaremos un hombre a la Luna y lo traeremos de vuelta a la Tierra sano y salvo.
La declaración era una respuesta a la Unión Soviética que solo mes y medio antes había puesto en el espacio a Yuri Gagarin, convirtiéndolo en el primer ser humano en estar fuera de la atmósfera terrestre.
Entonces, Kennedy transformó la competencia científica y tecnológica en un asunto de Estado y ambos países empezaron a disputarse los titulares, al tiempo que celebraban las derrotas ajenas como una victoria propia.
Cada misión era más compleja que la anterior: primero un par de horas en el espacio, luego orbitar tres veces al planeta o, en vez de un tripulante, llevar dos y hasta cuatro. Y mientras los científicos se esforzaban en poner a los humanos en la Luna, perros, chimpancés o satélites se convertían en chivos expiatorios de una aventura de la que nada ni nadie iba a escaparse.
Finalmente, cuando Neil Armstrong aseguró que el suyo era un gran paso para la humanidad por haberse dado fuera de la Tierra, los soviéticos comprendieron que aquel combate estaba perdido -Kennedy había muerto seis años antes y no pudo saborear la victoria-, sin embargo, quedó la idea de que la novela de ciencia ficción estaba inconclusa, al fin y al cabo, la Luna es solo una puerta de entrada al infinito.

Cambio de órbitas
Ahora el espacio ya no es silencioso y hay humanos pululando allí porque existe una Estación Espacial Internacional, donde astronautas estadounidenses, rusos, europeos, japoneses y chinos hacen experimentos.
Como quiera que sea, hasta la primera década del siglo XXI era posible la colaboración internacional para resolver los misterios cósmicos, sin embargo, con el resurgir de viejas rivalidades políticas o el nacimiento de nuevas -Estados Unidos y China, por ejemplo- la paz fuera del planeta vuelve a ser un sueño.
Las inversiones estatales ya no son las de la Guerra Fría porque se impone resolver los conflictos que ocurren en la superficie terrestre o bajo los mares. Por eso, en Occidente los empresarios tomaron la batuta y van en busca de nuevos territorios comerciales.
De la Nasa victoriosa de los años setenta ya no queda mucho. Su programa Artemis cuyo fin es regresar a la Luna -los humanos no han vuelto a pisarla desde 1972- ha sufrido reveses tanto por un escaso ‘flujo de caja’ como por los científicos, quienes no se ponen de acuerdo sobre los objetivos y las prioridades de un proyecto que, al principio, pretendía llegar a Marte antes de 2033.

La carrera espacial de Elon y Jeff
En diciembre de 2024, Donald Trump se desangró en nombramientos para su próxima administración. Sus elegidos escandalizaban. Y uno de ellos fue el multimillonario tecnológico Jared Isaacman para la NASA.
Este magnate no es un técnico o un científico, sino un hombre que se enriqueció gracias a su empresa de procesamiento de pagos, Shift4 Payments, que lo llevó a las estrellas -literalmente- al convertirlo en el principal benefactor y comandante de la misión Inspiration4, cuyo fin era orbitar el planeta con otros civiles. El cohete que los impulsó tenía el sello de SpaceX, es decir, de Elon Musk.
Él, por otra parte, siempre ha estado obsesionado con la idea de llegar a Marte y colonizarlo. En 2002, fundó su empresa, convirtiéndose en un proveedor habitual de la NASA para vehículos espaciales o misiones de reabastecimiento de la Estación Internacional. A mediano plazo, su meta es reducir el costo de esta clase de viajes.
Otro magnate, Jeff Bezos, dueño de Amazon, también anhela irse de la Tierra. Para eso fundó Blue Origin en el año 2000, esforzándose por crear un plan de turismo y comercio en el espacio. Sin embargo, SpaceX le llevaba la delantera hasta hace poco porque Bezos está empeñado en conseguir una gran fiabilidad de sus naves más que la velocidad de producción.

Ambas empresas arrancaron el 2025 lanzando naves al espacio y la fecha escogida por ambas fue el 16 de enero. Bezos y su cohete New Glenn cumplieron con éxito la misión de alcanzar los 19 mil kilómetros además de recuperar el propulsor, pieza reutilizable que es clave para la baja del coste.
Por otra parte, el Starship de Musk tuvo un contratiempo y estalló. El cielo de República Dominicana pareció incendiarse por unos segundos y la basura resultante se dispersó sobre la tierra y el mar. No obstante, el cambio político en la Casa Blanca disimuló su fracaso.
Trump es muy cercano al dueño de SpaceX, toda vez que su ayuda económica y su apoyo moral fueron decisivos para la victoria en las urnas en 2024. Pero todo tiene un precio y hoy la NASA ya no es un socio de Musk, sino un competidor.
Asimismo, Bezos dio un giro en su relación con el presidente electo y se ha acercado tanto como para silenciar a periodistas críticos dentro de sus medios. Sus intereses y los de Musk están en curso de colisión de modo que, más pronto que tarde, el Despacho Oval tendrá que intervenir.
China, la nueva gran potencia, también está interesada en el negocio y allá los disensos entre contratistas no son una preocupación mayor… Caso similar es el de la Rusia de Putin que, si bien no tiene el empuje de antaño en esta materia, no puede descartarse.
Solo el tiempo revelará si el epílogo de esta novela es como el de hace cincuenta años o si el espacio termina convertido en una gigantesca mina en manos de una gran corporación o de un Estado de Oriente. El resultado de la segunda carrera espacial es tan incierto como lo que encontraremos en esa 'última frontera'.

