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Mundo Diners al día

Tras los pasos del ‘año viejo’

por José Luis Barrera

Exhibición de monigotes de año viejo en Quito.
En Quito, se realiza una exhibición de monigotes de año viejo en la avenida Amazonas. Foto: Quito Informa.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

Después de Navidad, las calles del Ecuador se llenan de muñecos de aserrín o papel cuyo destino es la hoguera. Es el ‘año viejo’, una tradición que se mantiene aun con el paso del tiempo. ¿De dónde proviene? ¡Se lo contamos!

En los últimos sesenta segundos del año están cifradas las esperanzas de que el siguiente será mucho mejor. Por eso, alrededor del mundo se hacen toda clase de rituales para atraer la buena fortuna, pero Ecuador es uno de los que aguarda la última campanada con un cerillo en la mano.

Durante el instante final, este encenderá una pira terrible para hacer que ardan las entrañas de petardos, papel y aserrín de un muñeco -el ‘viejo’- cuyo rostro poco importa porque solo se trata del avatar de un tiempo que se hace cenizas.

Tras la cortina de humo

Guayaquil después del incendio de 1896.
Guayaquil luego del gran incendio de 1896. Al rededor de 25000 personas se quedaron sin vivienda. Foto: El Universo.

El 31 de diciembre de 1897, el naturalista italiano Enrico Festa se topó con un Guayaquil que estaba levantándose luego del gran incendio de octubre de 1896. Sin embargo, entre los edificios a medio hacer y las ruinas, la gente se movía casi con indiferencia y, de hecho, se regocijaban ante la inminencia de un muerto: el año viejo.

La gente iba por las calles como deudos en un cortejo fúnebre, aunque esas ‘viudas’ eran más bien saltimbanquis y bufones. Luego, entre francachelas y aguardiente, al llegar la medianoche las salvas de artillería despedían al difunto para luego hundirlo entre las llamas.

Es imposible afirmar con certeza que aquel año fue el primero de la tradición o si hubo muchos previamente. De todas maneras, el cronista santarroseño Modesto Chávez dijo que todo arrancó en la España colonial. Según su versión, el monigote se hacía entonces con ropa usada y sus intestinos eran de paja, viruta y pólvora, además, representaba a Judas Iscariote y con el fuego, los fieles castigaban su traición a Jesús durante la Semana Santa.

No obstante, en 1961 el periodista y poeta Rodrigo Chávez González escribió que el sentido mordaz de los años viejos no tenía que ver con la religión, sino con la política:

En 1871, Gabriel García Moreno dio la orden de toque de queda para el 31 de diciembre y el 1 de enero, temiendo que los liberales aprovechasen los festejos de fin de año para causar disturbios. Pese a eso, un grupo de jóvenes acudió a la Intendencia de Guayaquil con un monigote solicitando una autorización especial para que les permitiesen quemarlo. El funcionario a cargo quiso ver el muñeco y resultó que era muy parecido al presidente de la República. Por supuesto, los bromistas saludaron ese año nuevo desde los calabozos de la ciudad.

En el 'año viejo' de hoy

Personajes de la película "Coco" en la ruta de los monigotes gigantes de año viejo en Guayaquil.
Personajes de "Coco" en la Ruta de los Monigotes Gigantes en Guayaquil. Foto: Guayaquil es mi Destino.

Como si se tratase de una broma por Día de Inocentes, el 28 de diciembre de 2020, el Comité de Operaciones de Emergencia prohibió quemar años viejos. Era el tiempo del covid y el Gobierno pretendía evitar aglomeraciones. De inmediato, en los supermercados aparecieron monigotes pequeños, ecológicos y con kits para facilitar su cremación en cocinas o baños.

Y es que la tradición se adapta a cada circunstancia: los muñecos esperpénticos y hechos con ropa vieja dejaron paso a criaturas de colores brillantes y formas exquisitas. Del mismo modo, cuando se vetó el uso de petardos, hasta los periódicos sugerían reemplazarlos con sal en grano, la misma que al entrar en contacto con las llamas, crepita.

Como quiera que sea, incinerar a un muñeco con disfraz de presidente de la República equivale a humanizarlo, pues coloca al hombre público sobre la tierra desnudando sus flaquezas con la ironía. Y este juego exige detalles complementarios: un testamento y unas dolientes que lo lloren.

La carta del año viejo para sus deudos es a la par un recuento de los 365 días que acaban y un arco que dispara flechas envenenadas contra los que ‘permanecen vivos’, es decir, los miembros de la familia que armó el muñeco, los políticos y hasta los jefes de alguna empresa.

Por otra parte, responder de dónde salieron las viudas es tan difícil como asegurar el origen de los años viejos, sin embargo, Enrico Festa vio algo del estilo en el siglo XIX, así que sin duda es antiguo y acaso inspirado en las ‘lloradoras profesionales’, esas mujeres que solían alquilar sus lamentos en entierros donde el difunto no tenía alta capacidad de convocatoria.

El resto de América

El 'año viejo' en Colombia luego de la pandemia.

Quemar años viejos no es una tradición ajena a otros países de América Latina. Por ejemplo, al sur de Colombia, en el departamento de Nariño, se pueden ver tarimas a las puertas de las casas donde el muñeco aguarda su destino al mismo tiempo que sus deudos solicitan dinero para cubrir los gastos del incendio…

Sin embargo, en los departamentos del Cauca, Huila y Tolima el año viejo se transforma en Taitapuro, una deidad indígena. Su epílogo es el mismo que sus homólogos ecuatorianos, no obstante, el fin de sus llamas no es otro que el de propiciar los favores del dios.

Al noroeste de Venezuela, en los estados de Lara, Táchira y Mérida, los vecinos de las urbanizaciones y los barrios se reúnen para confeccionar muñecos y llenarlos de camaretas. Su cremación se cumple al mismo tiempo que suenan las doce últimas campanadas de cada año.

En el centro del Perú, el ritual incluye a unos danzantes, los waquis, que van vestidos con ropa vieja y representan al año agonizante. Además, los bailarines, enmascarados, se burlan de los espectadores haciéndoles chistes o ejecutando piruetas.

En México, los indígenas de la población de Oluta, realizan una danza, el chenu -que también es el nombre de su año viejo-; en ella, los jóvenes se disfrazan de diablos colorados mientras las viudas, embarazadas y con vestido negro, lloran hasta la medianoche.

En cualquier caso, la tradición, sin importar la zona, tiene el fin de exorcizar las tristezas y encender la luz del año venidero. Ni las pandemias ni las prohibiciones del político logran eliminar esta suerte de performance porque aquello es como poner coto sobre el único combustible de la humanidad: la esperanza.

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