
En tiempos donde la luz -o su falta- monopolizan el debate cabe preguntarse, ¿cuándo llegó la electricidad a Ecuador y cómo se vivía antes?
En otro tiempo, la luz salía del gas; las lámparas requerían de combustible para su funcionamiento, pero en 1881, las calles de Londres se iluminaron gracias a la primera central pública de energía eléctrica: Godalming. Ese mismo año, Estados Unidos inauguró una propia en el Niágara.
Mientras tanto, en Ecuador la penumbra siguió combatiéndose con queroseno y aceite por una década más. Funcionarios, que tenían mucho de garrocheros, encendían las luces con palos una vez oculto el sol. Había múltiples huérfanos de luz porque el poder de cada cabildo no abarcaba todos los barrios ni todas las noches.
Quito con luz

Más o menos a oscuras, en el Quito de 1894 el terrateniente y empresario Manuel Jijón y Larrea asociado con Julio Urrutia consiguieron que el Concejo de la ciudad les permitiese alumbrar “por veintidós noches en cada mes o por todas las noches del mes si estuvieren oscuras y desde las seis hasta las doce de la noche, con (…) luz más intensa y mejor que la que ahora se obtiene para el alumbrado público”. Este dependía de lámparas de querosene cuya luz era mortecina y maloliente.
Un año después, Manuel Jijón recibió un pequeño motor con el que pudo iluminar su Botica Norteamericana de la calle Sucre y, luego, extender la cobertura a la Plaza de San Francisco donde había instalado cuatro focos de arco voltaico, es decir, rellenos también de gas.
De todas maneras, esto fue un éxito y Jijón y Urrutia junto a Víctor Gangotena fundaron ‘La Eléctrica’ que en 1897 importó una central de 200 kilovatios para instalarla junto al Machángara, cerca de Chimbacalle. Iluminaron con ella la Iglesia de la Compañía y las calles de la ciudad.
Hasta 1937, la electricidad poco tuvo que ver con el cabildo, pero ese año el Concejo finalmente fundó una empresa propia con una planta de mayor potencia -3400 kW- y cubriendo a 9498 abonados. Quito era pequeño y aquello, muchísimo.

Prometeo en Loja
Dice la leyenda que el fuego llegó del cielo gracias a Prometeo, mas, en Loja la electricidad, vino de Europa porque en 1896, vecinos de la ciudad convencieron al ingeniero francés Alberto Rhor Dargot para que los ayudase con sus molinos de grano.
Pronto, este hizo una evaluación de lo que había allí y concluyó que se debía instalar una planta eléctrica para obtener mejores resultados. Convenció así a veinte personajes ilustres -entre ellos, Ramón Eguiguren-, quienes el 3 de abril de 1897 pusieron un capital tremendo -16 mil sucres- para fundar la Sociedad Sur Eléctrica.
El ingeniero francés, a cargo de comprar los equipos de la central hidroeléctrica y de instalarlos, viajó a su país de inmediato, pero desapareció…
Aunque los socios temían lo peor, el comisionado en realidad estaba haciendo lo necesario para cumplir con su trabajo, pero no podía notificarlo, pues entre Europa y Loja existía entonces un abismo comunicacional casi insalvable.
En cualquier caso, Rohr cumplió e hizo instalar los equipos cerca del río Malacatos, los mismos que habían llegado desarmados y a lomo de burro desde los puertos peruanos.
La energía sirvió al alumbrado público de Loja, los molinos de grano, algunas máquinas de aserrar y una que otra casa con gran suerte.
General Electric Co.
Martín Reimberg, Ulpiano Bejarano, Manuel de Jesús y Teodoro Alvarado llevaron a Guayaquil técnicos extranjeros para estudiar la factibilidad de una planta eléctrica. Era 1895. Al año siguiente, el ‘Gran Incendio’ hizo desaparecer más de un tercio de las construcciones de la ciudad, lo que obligó a replantearse su diseño y cambiar la madera por el concreto. Arrancaba la modernización.
Con ese inesperado empuje, Alvarado y Bejarano instalaron una planta de alumbrado eléctrico, pero la idea no fue mucho más lejos, de modo que concesión y empresa terminaron vendidas a un conglomerado estadounidense que escondía a la General Electric.
Esta empresa nació tras unirse la compañía fundada por el inventor Thomas Edison con su competencia, Thompson Houston Company; desde el inicio estuvo interesada en acaparar el mercado en América Latina, por lo tanto, Guayaquil era una más de una lista que incluía participaciones accionarias en Brasil, Chile, Venezuela, Guatemala, Panamá y Costa Rica.
El 29 de octubre de 1925, la empresa firmó un contrato de concesión con la Municipalidad por sesenta años, donde se incluyó solo la obligación de instalar una planta en Bucay y motores a diésel en el resto de Guayaquil. Era el génesis de EMELEC.
El ingeniero riobambeño
José María Falconí nació en Riobamba en 1889 y se fue a los Estados Unidos para convertirse en ingeniero. Regresó a su tierra con ese título bajo el brazo, pero también con el de economista y la idea de poner focos al pie del Chimborazo.
Lo cumplió antes de 1920 y se convirtió en el principal accionista de la empresa que proveía de luz a la ciudad a través de una planta instalada por él. Tal fue su éxito que pudo ocupar cargos políticos en la ciudad y a nivel nacional -diputado, director de Obras Públicas en Riobamba-. Sin embargo, como la musa de la historia es muy caprichosa, se lo recuerda más por haber organizado las Primeras Olimpiadas Nacionales en 1926 cuando era presidente de la Federación Deportiva de Chimborazo.
De todas formas, hace un siglo, la luz eléctrica era un privilegio además de una iniciativa de privados que, por una mezcla de ambición y sentido de futuro, decidieron lanzarse a un negocio tan prometedor como incierto. Hoy, ya no es esa época y tener energía es indispensable, por eso, quizá es necesario volver los ojos a la historia para aprender de ella.

