
Pasar de la selva a la montaña en tan solo minutos, eso es lo que sucede en el Parque Nacional Llanganates. Además de ser el hogar de animales y plantas de distintas regiones del país, este espacio natural llama la atención por su riqueza histórica. Cuenta la leyenda que allí está el tesoro del inca Atahualpa.
El Parque Nacional Llanganates ocupa territorios de las provincias de Tungurahua, Cotopaxi, Pastaza y Napo. Por eso, en poco tiempo es posible pasar del páramo al bosque húmedo y ver tanto loros del trópico como osos de montaña.
En los días de vacaciones, es habitual encontrarse con turistas que llegan desde Ambato o Salcedo en busca de lagunas, mientras exploran senderos prácticamente abandonados. En otros tiempos, los nativos andaban esos caminos casi de memoria.
Sin embargo, este ejército de aventureros contemporáneos desconoce la leyenda que en siglos pasados llevó a otros a ese mismo lugar. Los exploradores no iban precisamente a descansar; su objetivo de viaje era encontrar el tesoro de Atahualpa, en los Llanganates.

Y es que, según la leyenda, allí, donde la montaña se une con la selva, Rumiñahui ocultó oro y toda clase de riquezas para alejarlas de los conquistadores europeos luego de que ejecutaron al inca en Perú.
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El derrotero de Valverde
Antaño, en los territorios del actual Ecuador, eran frecuentes las historias de vecinos que desaparecían de su ciudad para, tiempo después, reaparecer cargados de objetos de lujo, ofreciendo comilonas y con ansia desaforada por gastar dinero. Aquel es el caso de un español de apellido Valverde, yerno de un cacique de la zona de Píllaro en el siglo XVIII, quien de la noche a la mañana pasó del hambre a la riqueza. Cuando regresó a España dejó, a manera de testamento, una serie de indicaciones para que futuros caza-tesoros pudieran seguir su paso por los Llanganates.

Siglos después, en 1857, el botánico inglés Richard Spruce iba desde Canelos en Pastaza hasta Baños, pero una crecida del río Topo lo dejó atrapado por días. El agua se reventaba contra las rocas produciendo un ruido infernal que parecía el anuncio del fin. Pero aún no le había llegado su hora. Luego de días, logró llegar a Baños con muestras de plantas y se propuso continuar su investigación en libros y archivos.
En eso estaba cuando se hizo con una copia de las indicaciones que Valverde había dejado para la búsqueda del tesoro de Atahualpa. Esta incluía un mapa dibujado a principios del siglo XIX por cierto español de nombre Atanasio Guzmán. La Royal Geographical Society publicó ambos documentos en 1860 y son la referencia que siguen los aventureros desde ese tiempo.
Dos italianos en las montañas
Entre 1933 y 1934, Tulio Boschetti, alpinista y aviador, y Humberto Re se internaron en los Llanganates. Su empeño era la búsqueda del tesoro de Atahualpa. Los italianos vieron colinas puntiagudas como cabezas de flecha y también una niebla tan espesa que, al atardecer, aparecía con el empeño de extraviarlos. A lo lejos, los aullidos de animales les advertían para que no se adentrasen en el bosque. El esfuerzo resultó inútil porque no encontraron oro ni nada parecido. Y es que el tesoro continúa desaparecido.
Sin embargo, como recoge el libro de Luciano Andrade Marín ‘Viaje a las misteriosas montañas de Llanganati’, la joya descubierta por los italianos -y por él mismo autor- es una geografía única con plantas capaces de curar enfermedades de los cinco continentes. Además de eso, hallaron culturas aborígenes cuyo origen se pierde en la leyenda.
Al fin que los tesoros no siempre son una piedra preciosa o un metal brillante, sino experiencias, como las de viajeros de toda época que han mutado invariablemente en grandes relatos.

