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Mundo Diners al día

El hombre del desierto

por Jorge Ortiz

Lawrence de Arabia
El actor Peter O'Toole interpretó a Lawrence de Arabia en una cinta de los años 60.
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Políticos, diplomáticos, académicos y militares -quienes, en definitiva, diseñaban la política exterior británica- habían empezado a preocuparse. Y es que desde su creación, en enero de 1871, el Segundo Imperio Alemán, el del Kaiser Guillermo I, de la dinastía prusiana de los Hohenzollern, se volvía cada año más rico y poderoso, incluso militarmente más fuerte, lo que amenazaba con desafiar la posición dominante del Imperio Británico, el mayor y más luminoso jamás habido, que por entonces controlaba una cuarta parte del planeta. Las cifras de la fortaleza alemana eran inquietantes.

Cuando fue creado, unificando treinta estados, desde grandes reinos (como Baviera y Prusia) hasta pequeñas ciudades-Estado (como Bremen y Hamburgo), el Imperio Alemán tenía treinta y nueve millones de habitantes, más que los treinta y uno de la Gran Bretaña, no obstante lo cual el producto bruto británico era cuarenta por ciento más alto que el alemán. Pero al comenzar el siglo XX la economía alemana ya era seis por ciento mayor que la británica y la diferencia poblacional había crecido: sesenta y cinco contra cuarenta y seis millones. Alarmante.

Lo más descorazonador era la distancia en el poder militar: los británicos podrían movilizar, en caso de una guerra, 733.500 soldados, frente a 4,5 millones de los alemanes. Con lo cual resultaba obvio, en esos años de cambio de siglo, que ya no eran Francia y Rusia los países que podían llegar a afectar la supremacía británica. No. Era Alemania. Y Otto von Bismarck, el canciller alemán, había diseñado y estaba aplicando una política exterior dirigida explícitamente a llevar a su país a la cúspide del poder mundial. Lo que, casi irremediablemente, llevaría tarde o temprano a la guerra. Había que prepararse.

Alemania, en efecto, estaba preparándose: no sólo había promovido en el Oriente Medio una ‘yihad’ islámica contra el imperialismo británico, sino que había forjado una alianza amplia y profunda con Turquía, desde cuya capital -que en aquellos años todavía se llamaba Constantinopla- se controla el estrecho del Bósforo, que separa Europa de Asia. Era, por lo tanto, un punto estratégico fundamental. Los planificadores británicos sabían que, si la guerra estallaba, sus líneas de comunicación con la India -la joya de su Imperio- y el comercio con Rusia estarían en manos de los turcos. Y de los alemanes.

Para evitarlo, los británicos tuvieron una idea luminosa: incitar a las tribus árabes del desierto a sublevarse contra el dominio turco y unirse bajo el liderazgo del gobernador de La Meca, Husein ben Alí. Y había que hacerlo sin demora. La misión fue encomendada a un historiador de Oxford, con fama de excéntrico y habilidades de arqueólogo, lingüista y cartógrafo. Se llamaba Thomas Edward Lawrence y, según él decía, los guardias turcos de una prisión en Siria lo habían violado y, claro, detestaba todo lo relacionado con el Imperio Otomano.

La afinidad de Lawrence con los árabes fue inmediata: adoptó su lengua, su ropa y sus hábitos y, ya identificado con la gente del desierto, se dedicó a agitar su nacionalismo. El siguiente paso fue emprender una guerra de guerrillas contra las comunicaciones turcas a lo largo del ferrocarril que unía Damasco con Medina. La táctica funcionó tan bien que en el otoño de 1917, cuando la Primera Guerra Mundial entraba en su fase de definiciones, los árabes atacaron las defensas turcas en Siria, al mismo tiempo que el ejército británico avanzaba desde el Sinaí hacia Jerusalén.

La ciudad santa fue tomada por los británicos el 9 de diciembre. Lawrence, vestido con una túnica blanca y una ‘kafiya’ en la cabeza, entró en Jerusalén por la puerta de Jaffa. Lo hizo a pie: “¿cómo podía ser de otra manera donde Aquel había pasado antes?”, dijo. Al terminar la guerra volvió a Inglaterra, escribió ‘Los siete pilares de la Sabiduría’, ingresó en la Fuerza Aérea como soldado raso, se retiró en febrero de 1935, cayó en la melancolía y tres meses más tarde, en mayo, se mató en un accidente de moto. Tenía 46 años. Fue enterrado sin honores militares. Fue, desde entonces y para siempre, ‘Lawrence de Arabia’.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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