
Nadie había hecho nunca lo que hizo él.
¿De cuántas epopeyas formidables de los seres humanos, tanto griegos como bárbaros, no quedaron memorias ni relatos y, claro, se perdieron en la obscuridad de los tiempos? Esta pregunta sin respuesta angustiaba a Heródoto, quien, en su afán de luchar contra el olvido, había emprendido la labor tenaz de buscar testimonios, recoger recuerdos y rescatar evocaciones. Nadie entendía para qué. Al fin y al cabo, en la Magna Grecia gobernada por Pericles, hace veinticinco siglos, se estaba avanzando tanto, en todo, que resultaba absurdo ese empeño inútil de sumergirse en el pasado.
Había nacido en Halicarnaso, una polis griega del Asia Menor, por entonces bajo el dominio persa, tal vez 484 años antes de Cristo. Parece (porque su biografía también se confundió en la obscuridad de los tiempos) que su familia debió huir del yugo extranjero, por lo que, ya desde su infancia, Heródoto se acostumbró a una vida errante, cambiando una y otra vez de paisajes y horizontes. Vivió en Samos, una isla del mar Egeo, y participó en la fundación de la colonia de Turios, en la actual Calabria italiana. Ya para entonces, año 444, se ganaba unos talentos leyendo a viva voz sus relatos.
Para cuando se instaló en Atenas, Heródoto ya había estado en Egipto, Fenicia y la Mesopotamia, observando, escuchando, preguntando. También, por supuesto, leyendo, para aprender e ilustrarse. De sus investigaciones emanaron sus obras, escritas en el dialecto jónico de la lengua griega. Sus trabajos iniciales se centraron en las Guerras Médicas, el largo conflicto entre griegos y persas que duró de 492 a 478. Pero, en su afán por impedir los estragos del olvido, siguió averiguando y escribiendo, con pasión y sin pausa. Sus narraciones terminan en 430: ese año habría muerto.
Unos dos siglos más tarde, sus escritos fueron recopilados y publicados. Su editor, en Alejandría, los dividió en nueve libros, uno por cada una de las musas de la mitología griega: Euterpe, Calíope, Terpsícore, Polimnia, Talía, Urania, Melpómene, Erato y Clío, la hija de Zeus que terminaría siendo la musa de la Historia. De la Historia, sí, porque al haber compuesto una crónica estructurada y sistemática de las acciones humanas, como nunca lo había hecho nadie, con Heródoto de Halicarnaso había nacido una nueva disciplina del conocimiento humano. Nada menos.
Esa nueva disciplina fue llamada “investigación” o “exploración”, que es el significado de la palabra griega “historia”. Y, así, sabios y eruditos de todas las épocas se dedicaron a narrar las acciones humanas, dándoles su contexto e interpretándolas, para que los hechos de los hombres (con su grandeza y su miseria, su heroísmo y su egoísmo, su crueldad y su ternura) no se perdieran en la obscuridad de los tiempos, que fue lo que se propuso hacer Heródoto de Halicarnaso cuando, hace veinticinco siglos, se dedicó a luchar contra el olvido.

