
El golfo de México es noticia fresca y no por un huracán -como ocurre con frecuencia- sino porque Trump, una vez sentado en la Casa Blanca, decidió cambiar su nombre. Pero ¿es la primera vez que ocurre algo así?
A menudo, un país escoge atacar a otro a través de los nombres: tan pronto Franco se declaró a sí mismo ‘Generalísimo’ prohibió a los españoles la ingestión del ‘filete ruso’ si no lo llamaban ‘filete imperial’; y, durante la Primera Guerra Mundial, los aliados occidentales no querían saber nada de Alemania ni Austria, de modo que la hamburguesa -por Hamburgo- mutó en ‘liberty steak’, mientras el café vienés pasó a ser ‘de Lieja’.
Con frecuencia, la ‘diplomacia nominal’ pasa desapercibida para el grueso de la población, acostumbrada a llamar las cosas por los nombres más comunes y no por los que le imponen los políticos. Ellos seguramente lo saben y, aun así, lo hacen. El Golfo de México es la prueba y no solo por el cambio de Trump, sino porque al menos lleva en su haber tres visitas a la pila de bautismo…
¡Un golfo a la vista!
Sebastián de Ocampo era, como la mayoría de los exploradores del siglo XVI, un hombre sin pasado. Se sabe, eso sí, que fue el gallego que circunnavegó en 1508 la isla de Cuba y, por eso, fue el primero en percatarse de que había un gran mar al occidente de ella.
El marino había llegado a La Española durante el segundo viaje de Colón (1493). En aquel sitio, se hizo amigo de otro futuro descubridor de océanos, Vasco Núñez de Balboa, no obstante, su aventura empezó un año antes que la de él y solo se limitó a marcar las penínsulas y puertos naturales de la actual Cuba. Su mayor logro, sin sospecharlo, fue descubrir a esa manzana de discordia y agua que mide 1.6 millones de kilómetros cuadrados.
Por entonces, nadie le puso nombre a su hallazgo y en las cartas náuticas solo se referían a él como mar del Norte -el Atlántico-, pues los europeos creían que el golfo era un mero apéndice.
Luego, Ocampo se marchó a Sevilla; pretendía negociar la conquista de la isla de Cuba, pero la muerte, a veces enemiga y a veces aliada de los exploradores, hizo su reclamo definitivo en 1514, obligando a que otros emprendieran la tarea.
¿El ‘Seno Mexicano’?

En 1519, Hernán Cortés cruzó el golfo en su camino hacia México. Iba sin preocuparse por la identidad de aquel mar, interesado más en la tierra que en el agua. Asimismo, Alonso Álvarez de Pineda, casi al mismo tiempo, se dedicó a cartografiar las costas norteñas y produjo un mapa donde, por primera vez, apareció Texas. Él, como otros hasta 1540, no hizo distinción con el mar del Norte.
Es imposible saber cuál consenso llevó a que las cartas de navegación desde ese año empezaran a referirse como ‘Seno Mexicano’ a la entrante de agua al oeste de Cuba, mas, está claro que aludían a su forma: una gran cavidad donde es posible entrar y refugiarse.
Y es que los españoles, tras la conquista del Imperio azteca y de los pueblos de la península de Yucatán, instalaron allí el Virreinato de Nueva España, de modo que el mar que lo separaba de las Antillas pasó a ser exclusivo.
El ‘Seno Mexicano’ se mantuvo en los mapas incluso hasta el siglo XVIII, sin embargo, había empezado a perder espacio frente a la necesidad española de resaltar que ese mar no era como otros porque era su propiedad ‘sacrosanta’.
Del golfo de Nueva España al de América
Por dos siglos, el ‘Seno’ convivió con el ‘golfo de Nueva España’, nuevo nombre que los cartógrafos hispanos empezaron a estampar en los mapas al lado del virreinato homónimo. Y aunque no parece que hubiese una regulación específica, poco a poco, el segundo fue el preferido.
Fuera consciente o no, las cartas geográficas mutaban en propaganda para una España tambaleante que quería resaltar ante sus pares europeos que podían ir a cualquier lado menos allá. Claro, los piratas eran gente con ideas propias y poco caso hicieron de la advertencia…
En el siglo XVIII llegó el cambio que parecía ser el definitivo apareciendo el golfo de México. Las nominaciones que hoy se hacen con tanto escándalo, entonces surgían sin un acuerdo específico, toda vez que no hay registros de académicos sacando agua de una pila bautismal para echarla al mar. El historiador Mario Trujillo Bolio explica, eso sí, que esta modificación en vísperas de la Independencia tenía como fin reflejar una identidad territorial que trascendiese los lazos coloniales.
La mar estuvo calma -salvo por los huracanes- hasta el 2025 cuando Donald Trump propuso borrar con un decreto cinco siglos de nomenclaturas y hacer del golfo un ‘Mar-a-Lago’:
-Muy pronto vamos a anunciar el cambio porque nosotros hacemos la mayor parte del trabajo allí y es nuestro; vamos a cambiar el nombre del golfo de México por el de golfo de América.
“Suena bonito”, dijo luego y no dudó en estampar su firma en uno de los tantos papeles que tiene sobre su escritorio. En este caso, tal vez quiso asegurarse de que a su idea no se la lleve el mar.
Y es que este cambio probablemente tendrá un destino parecido al del ‘filete imperial’ porque tanto Estados Unidos como México y Cuba comparten zonas exclusivas en esas aguas. Y, por otro lado, cualquier denominación geográfica queda en manos de instituciones globales como la Organización Hidrográfica Internacional para que las pasiones políticas no hagan un guirigay en los mapas.
Entonces ¿por qué Trump se toma tal molestia? Poner un nombre no es anodino: al fin y al cabo, aquel permite que cualquiera apunte con el dedo a un objeto y diga: “eso me pertenece”. De manera que cuando el presidente estadounidense propuso crear el ‘golfo de América’ -refiriéndose a los Estados Unidos- estaba enviando una declaración al mundo.

