La historia de la pelea de dos grandes pintores ecuatorianos del siglo XX tuvo un colofón feliz, gracias al ingenioso humor de uno de ellos. Yo la escuché de labios de Nicolás Kingman Riofrío, un escritor, político y periodista que vivió cerca de cien años y fue un modelo ejemplar de los grandes conversadores que casi han desaparecido en nuestros días por los cambios en las formas y tiempos de vida, la disolución de las relaciones de las familias y la babélica comunicación en las redes sociales.
Con su voz pausada y clara, las inflexiones y cambios de tono necesarios para mantener en vilo a quienes lo escuchaban y el movimiento de sus manos cargadas de años, experiencias y sabiduría —manos como para quedar inmortalizadas en alguno de los cuadros de su hermano Eduardo—, Nicolás contó aquel episodio durante una de las sobremesas en los tradicionales almuerzos de la revista Diners.
Los protagonistas de la historia son Eduardo Kingman y Diógenes Paredes, los dos extraordinarios pintores y cercanos amigos. En sus comienzos como artistas recibieron la influencia de los muralistas mexicanos. Ambos representaron en sus cuadros a indígenas y mestizos, campesinos y obreros; y participaron de la corriente del realismo social con el que irrumpieron en la literatura de los años treinta los escritores del Grupo de Guayaquil con cuentos y novelas de cholos y montuvios y, en Quito, con el esperpéntico indigenismo de Jorge Icaza. Ambos pintores participaron también en el Sindicato de Escritores y Artistas que promovió los Salones de Mayo, importante espacio de relación para los pintores de su generación.
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