Miguel de Santiago hacía gala de un malgenio del diablo y, con los años, se había vuelto más irascible y nada tolerante. Un día tuvo que salir por una larga jornada de su taller hacia Guápulo y dejó un gran cuadro a medio trabajar al cuidado de su discípulo Nicolás Javier de Goríbar.
En mala hora la mujer del pintor, doña Andrea Cisneros, que perseguía a un animal que se había escapado del corral, tropezó con el caballete donde había dejado su marido la pintura todavía sin terminar. La obra se malogró en la zona central. El llanto de la señora se anticipó a los rayos y centellas que proferiría Miguel de Santiago.
Sin embargo, Goríbar se ofreció a reparar el daño: con mano maestra y una jornada hasta altas horas de la noche realizó una restauración perfecta, tanta que al regresar el pintor no cayó en cuenta de que un pincel ajeno había intervenido en su obra y, en unos días más, la concluyó. Entre las efusiones del festejo por haber dado fin a su trabajo, el joven discípulo confesó el susto por el cual habían pasado con el tropezón de doña Andrea. El maestro, en lugar de mostrarse agradecido y reconocer la pericia de Goríbar para reparar el daño, montó en cólera, lo insultó y lo echó del taller.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído


