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Mundo Diners al día

El chisme histórico: una guerra por celos

por José Luis Barrera

Virginia Klinger
Fotografía de Virginia Klinger (circa 1850), la mujer que despertó los celos de García Moreno.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

¿Se puede declarar la guerra solo por celos? El presidente García Moreno probó que sí... Hoy, le contamos quién era la mujer que, sin quererlo, le hizo llevar 1200 hombres a la frontera colombiana para vengar su despecho.

Jaime Dousdebés Carvajal escribió que el Palacio de Carondelet fue ‘construido para escuchar y para hacerse oír’, pero lo más importante allí no es lo que se dice, sino lo que se calla. Y es que si las paredes de la sede presidencial ecuatoriana hablaran podrían testificar en contra de García Moreno, quien marchó a la guerra en Tulcán no para defender a la patria, sino por celos al tiempo que el causante del lío huía de Quito disfrazado de mujer… ¡Bienvenidos al chisme histórico!

Era 1862 y Colombia peleaba una guerra civil para definir si el país sería una federación liberal o una república centralista y conservadora. Al principio, Ecuador no rompió con ninguna de las partes y ambas pusieron un encargado de negocios en Quito: los primeros al doctor Manuel María Castro y los segundos al poeta medellinense Arcesio Escobar.

Al poco, Virginia Klinger de Aguirre invitó a este último a las tertulias que organizaba en el salón de su casa -a una cuadra del Palacio de Gobierno- para irritación de un asistente mucho más antiguo: el presidente Gabriel García Moreno que no sentía pasión únicamente por las letras, sino por la anfitriona.

El presidente, la dama y el poeta

Foto de Gabriel García Moreno en 1872.
Gabriel García Moreno en 1872. Foto: INPC.

Las hijas del francés Adolfo Klinger enloquecían a la sociedad quiteña, pero solo los hermanos Aguirre Montúfar, de la casa de los marqueses de Selva Alegre, consiguieron casarse con ellas.

No obstante, Virginia, la más hermosa, no perdía su poder de seducción y Carondelet era la víctima principal del encanto: el presidente estaba encaprichado con ella desde que se encontraron en París durante la Exposición Universal de 1855.

Instalado en la presidencia en 1860, García Moreno visitaba a menudo la casa del matrimonio Aguirre-Klinger, aprovechándose de que el esposo solía estar fuera por los encargos que el mismo mandatario empezó a encomendarle en calidad de nuevo ministro.

En una de esas tardes, el presidente le regaló a Virginia -en el mayor gesto amoroso del que era capaz- la ‘Geografía elemental’ de Messias y Michelot, obsequio poco afortunado si se lo compara con la traducción de un poemario de Lord Byron que hizo Arcesio Escobar y tuvo el buen tino de consagrarlo a ella poco después.

En aquel tiempo esa afrenta debía lavarse con sangre y el azar iba en contra del colombiano: en febrero tropas liberales de su país ingresaron a Carchi perseguidas por los conservadores y la guardia fronteriza detuvo solo a este grupo. Sobrevino entonces una discusión binacional que acabó con el jefe ecuatoriano recibiendo siete sablazos en la cara.

Furioso, el presidente cambió su política de tolerancia con ambas legaciones colombianas para reconocer a los liberales -en contra de su propia naturaleza-. De inmediato, para ‘defender el honor patrio’, ordenó el fusilamiento de Escobar.

Él estuvo oculto por unos días hasta que no pudo aguantar más y fue hasta el salón de tertulias de la señora Klinger. A metros de la entrada, los soldados de Carondelet lo vieron y se produjo tal escándalo que Virginia salió en su defensa, empujándolo a la casa. Allí, le hizo vestir con su ropa y, como una respetable dama quiteña, lo despachó hacia una legación diplomática amiga que le ayudara a salir del país.

Calle García Moreno en 1880.
Calle García Moreno, 'La Compañía', vista desde la ubicación de la casa Aguirre-Klinger (circa 1880). Foto: INPC.

La guerra de los celos

El incidente tuvo dos efectos: la carta de dimisión del esposo de Virginia Klinger a su cargo en el Gobierno y el envío de una tropa de 1200 conservadores ecuatorianos para acabar con 900 de Colombia. A la cabeza estaba el propio García Moreno.

La superioridad numérica hacía pensar en una victoria rápida. No fue así: los soldados del norte, fogueados en sus guerras civiles, entraron en Tulcán para presentar batalla en las calles angostas anulando la ventaja ecuatoriana.

Tal fue la confusión que aquello produjo entre los ecuatorianos que el presidente cayó pronto en manos del enemigo al lado de setecientos hombres. Los colombianos le obligaron a firmar un tratado a cambio de la libertad; su compromiso era la donación de uniformes y pertrechos. Nunca cumplió.

El poeta de Medellín murió años después, en 1867, por una fiebre amarilla adquirida en Panamá cuando iba de camino a Nueva York. Carlos Klinger, su compañero de viaje y parte del clan de la dama quiteña, también cayó por la enfermedad. García Moreno, mientras tanto, ya no era presidente, pero volvería a Carondelet un par de años después.

La dinastía Klinger

Virginia nació en Quito en 1826. Su vida la hizo entre los salones de su casa cercana a la Plaza Grande y la hacienda Guachalá que su padre, el coronel Adolfo Klinger Frenet, tenía en Cayambe.

Aquel fue un soldado que estuvo en las guerras napoleónicas y luego pasó a América para pelear por la libertad en el Nuevo Mundo. Tras la victoria en la Batalla de Pichincha, se alojó en la casa de los Serrano, enamorándose de una pariente de ellos que vivía en Quito desde la muerte de sus padres en Colombia.

Virginia con su esposo Carlos Aguirre Montúfar viajó a Francia en misión diplomática en la década de 1850 y, al regresar a Ecuador, su casa no era famosa por las compras que hizo en Europa, sino por los rumores: las beatas de Quito le endilgaban toda clase de amantes, incluyendo al emperador Napoleón III.

Lo que se sabe con certeza es que ella usó su dinero para reconstruir la capilla de San Buenaventura, en el convento de San Francisco, tras el terremoto de 1868 y que adoraba las charlas con intelectuales y viajeros, a quienes echaba una mano cuando lo necesitaban.

Sus descendientes mantuvieron esa generosidad, sobre todo su biznieta María Augusta Urrutia que donó parte de sus propiedades -La Carolina, por ejemplo- y dinero para hacer obra social o colaborar con el desarrollo de la capital.

Hoy, la casa de la familia Klinger es un museo y si usted decide visitarlo, recuerde que se encuentra en la calle García Moreno…

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