
Nunca hubo un año peor que 536
El Sol brillaba sin fuerza, insubstancial y triste, con un tono pálido y azulado parecido al de la Luna, tan desfalleciente que ni siquiera al mediodía proyectaba sombras, además de que su calor había perdido todo empeño. Cuando la obscuridad no abrazaba al mundo, reinaba una penumbra gris que no se levantó durante un interminable año y medio, en el que la gente se llenó de pesadumbre y se volvió silenciosa y sombría. Y, claro, las tinieblas causaron calamidades variadas y duraderas.
La leyenda -porque era eso: una leyenda- aseguraba que en algún momento de la primera mitad del siglo VI, cuando la historia se sumía en el obscurantismo medieval, hubo un período largo y cruel en el que el Sol fue opaco y lejano, tan débil que las cosechas no prosperaron y muchos animales cayeron agobiados por el frío. Hoy la ciencia ha confirmado la “leyenda de los meses negros”.
Hubo, en efecto, unos meses negros. Empezaron en el año 536, cuando una niebla misteriosa cubrió valles, montañas y desiertos, pueblos y sembríos, sin que alguien supiera por qué. El desconcierto derivó en angustia cuando, al prolongarse las tinieblas, aparecieron enfermedades y el hambre se propagó. Y eso ocurrió -hoy se sabe- en Europa, el Oriente Medio y porciones extensas de Asia. En China nevó ese verano. También en Irlanda. Y grandes bosques europeos no rebrotaron después de la pérdida de follaje de ese invierno. Todo fue melancolía y pesar.
El análisis con tecnología avanzada (incluida la inteligencia artificial) del núcleo del hielo en las montañas del hemisferio norte, en especial de un glaciar en Suiza, ha permitido a la ciencia saber qué fue lo que ocurrió: una inmensa erupción volcánica, muy probablemente en Islandia, lanzó a la atmósfera millones de toneladas de ceniza y azufre que formaron un velo que opacó los rayos del Sol. Y, después de esa primera explosión del año 536, hubo otras, menores, en 540 y 547. La temperatura promedio se desplomó. Esa fue la década más fría desde la última Edad del Hielo.
A la pérdida de las cosechas y la merma de los rebaños se sumó en 541 la llegada a Europa de la fiebre bubónica, que desde Constantinopla se expandió con una rapidez de espanto por el mar Mediterráneo y las rutas comerciales, matando a cientos de miles, tal vez millones, de personas. Se la llamó la Plaga de Justiniano y fue la primera epidemia extensa de ese mal, que no sólo hizo abortar el proyecto restaurador de la grandeza romana que había emprendido el emperador, sino que fue el detonante de una parálisis económica que duró un siglo completo.
Sí, 536 fue el año de la suma de todas las calamidades: erupciones, epidemias, hambrunas, sequías y, como derivación de la desesperación y el miedo, invasiones, guerras y mortandades. Muchos estudiosos, y cada vez más, creen que fue el peor año jamás habido. El período más obscuro de la historia, el insubstituible en toda antología de las desgracias y las desdichas humanas. Pero, ¿en realidad lo fue? ¿El peor de todos, el de los mayores pesares y desventuras?
Y es que años trágicos no han faltado en la vida de esta especie. Como 1338, cuando en alguna región asiática (de China o, acaso, de Kirguistán) la peste negra empezó a propagarse con una letalidad de vértigo, al extremo de que en los trece años siguientes mató a cien (tal vez doscientos) millones de seres humanos en Asia, África y, en especial, Europa. O como 1644, cuando en China colapsó la dinastía Ming por la invasión manchú, en medio de revueltas y matanzas, al mismo tiempo que en Europa Central transcurrían los días más sangrientos de la Guerra de los Treinta Años.
O como 1816, el “año sin verano”, similar a 536, cuando se perdieron las cosechas y se diezmaron los rebaños porque un velo de ceniza opacó el Sol y enfrió la Tierra por la erupción, el año previo, de un volcán en Indonesia. Y el siglo XX fue fértil en años terribles. Como 1914, cuando se inició la sucesión de guerras mundiales que ensangrentaron el planeta. O como 1929, cuando colapsó la economía internacional y desencadenó la Gran Depresión. O como 1943, el año peor de la guerra y el Holocausto. O como 1959, cuando el Gran Salto Adelante de Mao Tse Tung causó una hambruna multitudinaria y duradera. Y hubo otros.
Pero, según afirman cada vez más historiadores, 536 fue el peor año de todos, el más trágico y devastador, en el que los habitantes de este planeta, en su inmensa mayoría seres llanos y sencillos (el analfabetismo en el mundo era de 95 por ciento, tal vez 98), no entendían qué sucedía, ni por qué, y atribuían sus penurias a castigos de los dioses, o a una infinidad de supersticiones, o la magia negra, o a una variedad enorme de conjuros, hechizos y sortilegios. Y, desconcertados, se dedicaban tan sólo a tratar de sobrevivir. Muchos no lo consiguieron en aquel 536 tan lóbrego y cruel.

